Mientras el mundo se centra en las amenazas aéreas como misiles hipersónicos, drones y satélites espía, la verdadera batalla podría estar ocurriendo en las profundidades del océano. Informes estratégicos publicados entre 2015 y 2024 por el Departamento de Defensa de Estados Unidos y think tanks occidentales como el Royal United Services Institute mencionan una unidad militar rusa con un nombre que evoca un laboratorio secreto: GUGI.
Las siglas GUGI corresponden a la Dirección Principal de Investigación de Aguas Profundas de Rusia, una entidad que no forma parte de la flota convencional y depende directamente del Ministerio de Defensa. A diferencia de los submarinos nucleares estratégicos armados con misiles, estas plataformas están diseñadas para operar en el lecho oceánico a profundidades de hasta 6000 metros, donde el acceso es extremadamente limitado.
Rusia despliega submarinos a 6000 metros de profundidad para vigilar los cables que sostienen el 95 % de Internet global
Su ámbito de acción no son las rutas navales visibles, sino la infraestructura invisible que sustenta el mundo digital. Alrededor del 95 % del tráfico global de datos viaja por cables submarinos de fibra óptica que atraviesan océanos y conectan continentes, bolsas de valores, centros de datos, redes militares y sistemas bancarios. Internet no flota en el aire; descansa en el fondo marino. Y ahí es donde entra en juego GUGI.
Los análisis occidentales describen a esta unidad como capaz de mapear, inspeccionar e incluso manipular infraestructura submarina crítica. No se limita a cortar cables, el escenario más dramático, sino que emplea tácticas más sofisticadas, como la instalación de sensores, dispositivos de escucha o sistemas de interferencia. En esencia, se trata de guerra híbrida en estado puro: sin explosiones ni declaraciones formales, pero con efectos potencialmente devastadores sobre mercados financieros o comunicaciones estratégicas.
El origen de GUGI se remonta a la Guerra Fría, cuando la Unión Soviética invirtió enormes recursos en tecnología de profundidad extrema. Ese legado técnico no desapareció con el colapso del bloque soviético, sino que evolucionó. El ejemplo más emblemático es el sumergible AS-12, apodado Losharik, una pieza de ingeniería casi de ciencia ficción. A diferencia de los submarinos tradicionales, utiliza múltiples esferas internas de titanio interconectadas, capaces de soportar presiones abisales. Además, puede ser transportado por submarinos nodriza como el Belgorod, ampliando así su alcance estratégico de forma discreta.
El fondo oceánico, tradicionalmente fuera del foco mediático, se ha convertido en un nuevo dominio de competencia global. Informes de la OTAN alertan de una vigilancia creciente sobre rutas críticas, especialmente en el Atlántico Norte y el Ártico. No se debe a pruebas públicas de sabotaje masivo, sino a que la mera capacidad técnica altera el equilibrio estratégico.
Esta capacidad representa una forma de disuasión distinta. Al igual que los misiles nucleares funcionan bajo la lógica de la segunda respuesta, la capacidad de intervenir nodos digitales submarinos introduce una vulnerabilidad sistémica silenciosa. No es necesario lanzar nada: basta con demostrar que se puede tocar el nervio que sostiene la economía global. La guerra del siglo XXI podría no comenzar con una explosión evidente. En cambio, podría iniciarse con una perturbación sutil en las profundidades del océano.















