El mejillón, un bivalvo que forma parte de la cocina de prácticamente todo el litoral español, tiene una conexión especial con la gastronomía gallega. Galicia no solo concentra gran parte de la producción de mejillón, sino que también lo ha convertido en un ingrediente esencial tanto en las cocinas domésticas como en restaurantes y conserveras.
Su versatilidad contribuye a su popularidad. Los mejillones pueden ser los protagonistas de unos clásicos mejillones a la marinera, una receta sencilla que apenas necesita acompañamiento, o formar parte de preparaciones más elaboradas. Un ejemplo de esto son los populares mejillones tigres, donde el molusco se mezcla con una bechamel especiada, se reboza y se fríe hasta obtener ese exterior crujiente que los ha convertido en un clásico.
El sencillo truco de los gallegos para mejorar los mejillones al vapor: unas gotas de albariño
Y si hay algo que demuestra el carácter todoterreno del mejillón es su buena relación con el picante. El recetario español está lleno de ejemplos y uno de los más conocidos son los mejillones tiberios, una tapa tradicional de Zamora que lleva décadas formando parte de la cultura de bar de la ciudad.
Pero no siempre hace falta preparar una receta complicada para conseguir un buen resultado. De hecho, cuando el objetivo es simplemente cocinar los mejillones al vapor, existe un pequeño truco muy extendido en Galicia que apenas requiere trabajo y que puede marcar una diferencia considerable en el resultado. La clave está en incorporar una pequeña cantidad de vino blanco durante la cocción. En Galicia, el albariño es una de las opciones más habituales. No hace falta inundar la cazuela ni convertir la receta en un guiso: basta con añadir la cantidad justa para acompañar la apertura de los mejillones y aportarles aroma mientras se cocinan.
El calor hace que parte del vino se evapore y sus aromas queden concentrados en el interior de la cazuela, impregnando ligeramente los mejillones. El resultado es un bocado más fragante sin necesidad de recurrir a salsas, caldos o una larga lista de ingredientes.
Y aunque el albariño sea probablemente la elección más reconocible cuando hablamos de cocina gallega, no tiene por qué ser la única. Un Ribeiro o un blanco de la Ribeira Sacra pueden cumplir perfectamente la misma función. Lo importante no es tanto la etiqueta de la botella como utilizar un vino blanco con suficiente personalidad aromática para aportar matices al molusco sin ocultar su sabor. Es uno de esos trucos que encajan perfectamente con la filosofía de muchas recetas tradicionales: pocos ingredientes, poco esfuerzo y una diferencia que se nota en el plato.















