Las aerolíneas han empezado a mover ficha ante una crisis que ya no afecta solo a sus cuentas, sino también al bolsillo de los pasajeros y a la programación de vuelos. El fuerte encarecimiento del combustible de aviación está obligando a muchas compañías a subir tarifas, recortar capacidad y revisar sus previsiones para los próximos meses.
El golpe llega en un momento especialmente delicado para el sector. La demanda de viajes sigue siendo sólida, sobre todo de cara al verano, pero el combustible se ha convertido en el gran factor de incertidumbre. Reuters señala que el precio del carburante para aviones ha pasado de una horquilla de 85-90 dólares por barril a niveles de 150-200 dólares, empujado por la guerra entre Estados Unidos, Israel e Irán y las tensiones sobre el suministro energético.
El combustible dispara la presión sobre las aerolíneas
El problema es que el combustible no es un gasto menor para una aerolínea. IATA recuerda que el queroseno puede representar entre el 25% y el 30% de los costes operativos de muchas compañías, una proporción lo bastante alta como para alterar rutas, márgenes y precios finales cuando el mercado se dispara.
Por eso, la respuesta ya se está viendo en varios frentes. Algunas aerolíneas han optado por trasladar una parte del sobrecoste al billete, otras han endurecido las tarifas por equipaje y varias han empezado a cancelar rutas o reducir frecuencias para proteger sus márgenes. No se trata solo de vender más caro, sino de volar menos cuando cada trayecto deja de ser rentable.
Menos capacidad y billetes más caros
Air France-KLM es uno de los ejemplos más claros. El grupo espera que su factura de combustible aumente en 2.400 millones de dólares este año y ha rebajado sus planes de capacidad. La compañía ya no prevé crecer entre un 3% y un 5% respecto a 2025, sino entre un 2% y un 4%, después de advertir de que el impacto se notará con más fuerza en los próximos trimestres.
La lista es larga. Air Canada ha suspendido sus previsiones anuales por la volatilidad del combustible y había anunciado recortes en algunos vuelos diarios a Nueva York. AirAsia X ha reducido un 10% sus vuelos dentro del grupo y varias compañías chinas han elevado los recargos domésticos por combustible. Reuters también recoge subidas de tarifas, cargos adicionales y ajustes de capacidad en compañías estadounidenses como Delta, American Airlines o Southwest.
Las low cost, ante el golpe más duro
El escenario más extremo lo ha protagonizado Spirit Airlines, que ha cesado operaciones tras años de problemas financieros agravados por el alza del combustible. Aunque su caso responde a una fragilidad previa, su caída funciona como advertencia para las aerolíneas de bajo coste, mucho más sensibles a cualquier subida de costes porque basan su modelo en márgenes muy ajustados.
La industria insiste en que no está ante una crisis comparable a la pandemia. La diferencia es importante: entonces desapareció la demanda; ahora los pasajeros siguen queriendo volar, pero las aerolíneas tienen que decidir qué rutas pueden sostener con un coste energético mucho más alto. Willie Walsh, director general de IATA, explicó a Reuters que el problema actual es esencialmente de costes, aunque también advirtió del riesgo de tensiones en el suministro si la crisis se prolonga.
El impacto empieza a llegar al viajero
Para los viajeros, el efecto más inmediato puede ser una combinación de billetes más caros, menos plazas disponibles y cambios en algunas conexiones. Las aerolíneas intentarán llenar más los aviones, priorizar rutas rentables y reducir aquellas operaciones que consumen demasiados recursos para el ingreso que generan.
La paradoja es que el sector llega a esta crisis con una demanda todavía fuerte. Eso permite a las compañías aguantar mejor que en 2020, pero también facilita que parte del sobrecoste acabe pasando al consumidor.















