Durante más de un siglo, el S.S. Central America fue una leyenda del tesoro submarino. El vapor, hundido en 1857 durante un huracán frente a la costa de las Carolinas, Micronesia, llevaba unas 30.000 libras de oro, es decir, alrededor de 13.600 kilos, además de cientos de pasajeros. Su pérdida agravó el pánico financiero de aquel año en Estados Unidos y lo convirtió en uno de los pecios más codiciados de la historia moderna.
El hombre que logró encontrarlo fue Tommy Thompson, un ingeniero y cazatesoros que localizó el barco en 1988 a unos 7.000 pies de profundidad, cerca de 2.100 metros, y dirigió la recuperación de lingotes, monedas y otros objetos de enorme valor. Aquella expedición lo convirtió en una celebridad dentro del mundo marítimo, pero también abrió una batalla legal con los inversores que habían financiado la búsqueda y que después lo acusaron de ocultar parte del botín y de no repartir correctamente los beneficios.
Un tesoro hallado y un botín evaporado
El gran misterio no era ya el pecio, sino 500 monedas de oro desaparecidas. Thompson sostuvo durante años que esas piezas, valoradas entonces en unos 2,5 millones de dólares, habían sido entregadas a un fideicomiso en Belice. También afirmó que el dinero obtenido por la venta de parte del tesoro, unos 50 millones de dólares, se había consumido en préstamos bancarios y gastos legales. Los tribunales no quedaron convencidos y, tras su fuga y posterior captura en Florida bajo una identidad falsa, la presión judicial se centró precisamente en obligarlo a revelar dónde estaban esas monedas.
Lo que terminó enviándolo a prisión durante casi una década no fue una condena clásica por robar el tesoro, sino su negativa a obedecer al juez. En 2015 fue encarcelado por desacato civil al negarse a responder preguntas sobre el paradero de las monedas. Normalmente, este tipo de encarcelamiento coercitivo en EEUU no suele prolongarse tanto, pero en su caso los tribunales sostuvieron que también había incumplido condiciones de un acuerdo judicial, lo que permitió mantenerlo encerrado mucho más tiempo. En 2019, un tribunal federal de apelaciones rechazó su intento de invocar el límite general de 18 meses para este tipo de medidas.
Una libertad sin respuesta final
La historia dio un giro este año. Thompson, que ya tiene 73 años, fue liberado en marzo de 2026 después de pasar más de diez años en prisión, pese a que el paradero de las 500 monedas sigue sin conocerse. La razón no fue que colaborara, sino que un juez acabó concluyendo que seguir reteniéndolo ya no serviría para forzar la entrega de esa información. Es decir, salió libre no porque el misterio se resolviera, sino porque la coerción dejó de considerarse útil.















