La paleontología está en constante cambio. Tras los últimos hallazgos, en los que hemos descubierto más sobre los dinosaurios y de cómo vivían antes de su extinción, en los rincones olvidados de los archivos históricos, resurgió una pieza clave del rompecabezas paleontológico, capaz de modificar nuestra comprensión de la prehistoria. Se trata del Tameryraptor markgrafi, un depredador imponente que habitó el norte de África hace aproximadamente 95 millones de años, durante el Cretácico. Este hallazgo no es un simple descubrimiento de campo, sino un ejemplo de cómo la ciencia, la historia y el destino convergen de manera inesperada gracias a la forma de estudiar los huesos del pasado.
El dinosaurio que fue olvidado por la historia durante años resurge ahora tras un descubrimiento en África
El relato de este asombroso descubrimiento comienza a principios del siglo XX, cuando el paleontólogo alemán Ernst Stromer von Reichenbach lideró una expedición al Oasis de Bahariya, en Egipto. Durante su investigación, Stromer localizó restos parciales de un dinosaurio carnívoro de gran tamaño, que incluían fragmentos del cráneo, vértebras, huesos de las extremidades y dientes. Pero la Segunda Guerra Mundial truncó el potencial de este hallazgo, ya que el fósil fue destruido durante un bombardeo aliado sobre Múnich, donde se encontraba almacenado junto a otros importantes descubrimientos paleontológicos.
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A pesar de la pérdida del fósil, las descripciones detalladas y los bocetos de Stromer sobrevivieron al conflicto, lo que permitió mantener viva la memoria de este hallazgo a lo largo de los años. El dinosaurio, inicialmente identificado como Carcharodontosaurus saharicus, quedó olvidado y confundido con otros miembros de su familia, hasta que un equipo de investigadores contemporáneos redescubrió su verdadera identidad.
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Décadas después, un grupo de paleontólogos alemanes comenzó a revisar archivos históricos en busca de especies perdidas. Lo que encontraron superó sus expectativas: una serie de fotografías inéditas del fósil en exhibición, tomadas antes de su destrucción. Estas imágenes, combinadas con los registros de Stromer, ofrecieron detalles anatómicos cruciales del dinosaurio. Al comparar estos datos con fósiles más recientes encontrados en Marruecos, los científicos descubrieron que los restos egipcios no pertenecían al Carcharodontosaurus como se había supuesto, sino a una especie completamente diferente.
El Tameryraptor markgrafi, como se ha bautizado al dinosaurio, no solo medía 10 metros de largo, sino que presentaba características muy distintivas y especiales. Entre ellas destaca un prominente cuerno nasal y dientes simétricos, características que lo diferenciaban de sus parientes más cercanos, los carcharodontosaurios. Este depredador estaba armado con herramientas formidables para dominar su ecosistema, lo que sugiere un linaje mucho más diverso y complejo de lo que se había supuesto previamente. El nombre de esta nueva especie es un tributo tanto a su ubicación geográfica como a la historia de su descubrimiento. "Tamery" deriva del antiguo nombre de Egipto, que significa "la tierra del río", mientras que "markgrafi" rinde homenaje a Richard Markgraf, el recolector de fósiles que acompañó a Stromer en su expedición.
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Según los investigadores, este dinosaurio comparte una estrecha relación con otros carcharodontosaurios del norte de África, Sudamérica y Asia, lo que sugiere que durante el Cretácico, los continentes de Gondwana albergaban una fauna mucho más rica y diversa de lo que se había imaginado. Este hallazgo sirve de ejemplo para comprender que, además del trabajo de campo, los archivos históricos pueden ser tesoros valiosos para la paleontología. Aunque el fósil original se perdió durante la guerra, las huellas dejadas por los investigadores anteriores han permitido la reconstrucción de este enigmático dinosaurio.