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Fallece un streamer español que copiaba a Simón Pérez en una emisión cerrada: 'Me podía haber pasado a mí y le ha pasado a él'

En lo inmediato, lo decisivo será lo que determinen la investigación policial y la autopsia.
Fallece un streamer español que copiaba a Simón Pérez en una emisión cerrada: 'Me podía haber pasado a mí y le ha pasado a él'
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Actualizado: 10:21 5/1/2026
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La noche de fin de año terminó con una muerte que, por lo insólita y por el formato, ha encendido todas las alarmas. Sergio Jiménez Ramos, streamer de 37 años conocido como Sancho o Sssanchopanza, falleció en Vilanova i la Geltrú (Barcelona) durante una retransmisión en la que el “reto” —según la información publicada— consistía en consumir alcohol y cocaína ante un grupo cerrado de espectadores que había pagado para acceder.

Los Mossos d’Esquadra han abierto una investigación y se le ha practicado la autopsia, mientras el caso circula ya como un ejemplo extremo de un fenómeno que llevaba tiempo cocinándose: el salto desde plataformas públicas a videollamadas privadas donde casi no existe moderación efectiva.

Según la reconstrucción periodística, la emisión no era un “directo” convencional abierto en Twitch o YouTube, sino una videollamada restringida a donantes, donde los participantes pedían pruebas a cambio de dinero. Esa lógica —pago por acceso + pago por “haz esto”— es el corazón del asunto: convierte el directo en un mercado instantáneo donde el creador depende del siguiente reto para sostener el día, y parte de la audiencia compra la sensación de mando. El País describe ese ecosistema como una jungla de reuniones privadas y grupos de mensajería donde se coordinan peticiones y pagos.

Del directo público al pago privado

En esta historia aparece un nombre que ya era conocido por su deriva hacia lo extremo: Simón Pérez, el creador de contenido que en su día se hizo viral por vídeos sobre hipotecas y que, con el tiempo, se movió hacia directos basados en donaciones y retos, algunos vinculados a drogas, hasta ser expulsado de varias plataformas. Una consecuencia colateral de esos vetos es que el contenido no desaparece: cambia de sitio. Se desplaza a espacios con menos reglas visibles —Google Meet, Telegram y similares—, y ahí la frontera entre espectáculo y delito se vuelve más borrosa.

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El propio Pérez ha reaccionado públicamente al caso, asegurando que “Tengo la conciencia tranquila, me podía haber pasado a mí, le ha pasado a él”, en una intervención citada por El País. Más allá del personaje, la frase revela algo importante: quienes producen este tipo de directos suelen estar atrapados en una dinámica en la que la audiencia no solo mira, sino que empuja.

Y, mientras tanto, los fragmentos viajan. El artículo menciona canales que recopilaban clips (a veces pixelados) para volverlos “compartibles”, y chats donde el tono se degrada hasta la broma macabra. Esa capa memética —convertir el horror en recorte, reacción o chascarrillo— es parte del motor: mantiene el ciclo de atención incluso cuando el contenido original estaba “cerrado”.

Cuando el morbo se vuelve formato

En paralelo al debate moral, hay un hecho médico que conviene poner negro sobre blanco: mezclar cocaína y alcohol aumenta el peligro de forma específica. La literatura científica describe que, cuando ambas sustancias coinciden en el organismo, puede formarse cocaetileno (cocaethylene), un metabolito asociado a mayor toxicidad cardiovascular y a un perfil de riesgo especialmente preocupante. Revisiones biomédicas sobre la combinación cocaína-etanol detallan efectos sobre corazón y sistema vascular que elevan la probabilidad de eventos graves.

La mezcla que multiplica el riesgo

Nada de esto convierte una muerte en un “caso simple” —por eso existe autopsia e investigación—, pero sí ayuda a entender por qué, cuando un reto gira alrededor de sustancias, no hablamos de travesuras: hablamos de probabilidades reales de daño severo.

Incentivos, dinero y escalada en vivo

Lo inquietante de estos formatos no es solo el consumo, sino el mecanismo de incentivo. Hay investigación académica que analiza fenómenos cercanos a lo que en algunos países se ha etiquetado como trash streaming: directos donde la audiencia “ordena” conductas degradantes o violentas mediante pagos, con una escalada alimentada por la competencia entre espectadores, la necesidad económica del creador y el efecto “esto está pasando ahora”. Estudios que describen la “violencia bajo demanda” en streaming señalan precisamente esa triada: anonymato relativo + micro-pagos + gratificación inmediata.

Y aunque muchas investigaciones se centran en adolescentes cuando se habla de riesgos digitales, la lección aplicable aquí es otra: no es solo tiempo de pantalla, es el tipo de interacción y su recompensa. De hecho, una revisión sistemática y metaanálisis (87 estudios; >159.000 menores) encontraba asociaciones débiles pero significativas entre más tiempo de pantalla y problemas conductuales/afectivos, subrayando además que los resultados varían mucho según cómo se mida el fenómeno. Traducido: el impacto existe, pero el detalle importa, y el “contexto” pesa. En los directos de pago por reto, el contexto es explosivo por diseño.

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