Si Sin piedad (Mercy) se hubiera rodado en los 80, dice Chris Pratt, habría sonado a “ciencia ficción completamente inverosímil”. El matiz de 2026 es otro: ahora “se siente un poco más cerca de la realidad”, con más peso en “la ciencia que la respalda” y en la idea —incómoda— de que ciertos escenarios ya no parecen imposibles. Aun así, el actor insiste en que la película no busca dejarte con el estómago encogido por el estado del mundo: la vende como “una gran experiencia de entretenimiento pasivo”, un “cine de espectáculo maravilloso en 3D” con suspense, acción y esa clase de tensión que te mantiene pegado al respaldo.
Cuando la conversación se mete de lleno en el terreno de la justicia automatizada, Pratt no se anda con rodeos: “Probablemente sería bueno para la sociedad evitar las cámaras de muerte controladas por jueces de IA”. Ahí traza una frontera clara entre eficiencia y poder. Porque, en su cabeza, la IA puede tener una virtud nada pequeña: velocidad. Y esa velocidad —la de procesar ADN, ordenar pruebas, consultar jurisprudencia al instante— podría ayudar a recortar esperas eternas, esos “5, 10 o 15 años” en los que la justicia llega tarde y mal. El aviso va en mayúsculas, eso sí: mejorar procesos no debería significar “entregar las riendas del poder a la IA”.
Dinosaurios, vigilancia y monstruos modernos
El lado juguetón de la entrevista aparece cuando alguien le plantea el dilema pop definitivo: ¿IA asesina o dinosaurios? Pratt suelta un “¡Oh, cielos!” y se tira a la opción jurásica. Su lógica es muy de película: los dinosaurios, al menos, quizá te den una oportunidad para escapar; la IA, no. “La IA siempre está mirando”, remata, como si el verdadero monstruo fuera esa vigilancia permanente que no necesita garras ni colmillos para imponerse.
En el apartado de dirección, volver a trabajar con Timur Bekmambetov después de Wanted le sirve para dibujar el perfil de un cineasta que no se conforma con repetir fórmula. Pratt lo resume con una mezcla de humor y admiración: “su inglés ha mejorado mucho”, pero, sobre todo, “siempre ha estado a la vanguardia” de un cine visual que busca el límite técnico. Promete que el 3D aquí no es adorno, sino aparato de inmersión: un “espectáculo visual completo”, “como un viaje en montaña rusa” que te lanza el peligro a la cara mientras él, literalmente, pelea por su vida.
Tiempo real, claustrofobia y guiños cinéfilos
La idea formal que más le marcó como actor fue el tiempo real: el juicio avanza con la duración de la película y eso obliga a sostener tensión sin atajos. Pratt lo describe como una experiencia “hermosa” y, a la vez, exigente: “fue un poco como hacer una obra de teatro”, con “tomas realmente largas” que te dejan expuesto, sin el colchón del montaje salvador. Encima, la puesta en escena lo ata a una silla y convierte la limitación física en reto interpretativo: crear “tensión y emoción sin el uso de mi cuerpo”, alimentando una sensación de “claustrofobia y pánico” que encaja con el encierro del personaje.
Y sí: el detalle fetiche está confirmado. “Ir descalzo fue un guiño a Die Hard”, admite Pratt, además de insinuar que la ausencia de zapatos no es solo referencia, sino conflicto dramático. En cuanto a ecos cinéfilos, evita decir que “inspiraran” su actuación, pero reconoce parentescos claros: Minority Report por el nervio de la distopía cercana y Memento por la mecánica de ir descubriendo capas, “pelando la cebolla”, mientras el propio protagonista se reencuentra con quién es —y con lo que quizá ha hecho— a medida que el reloj corre.















