Con sus luces y sus inevitables excesos, The Boys lleva años consolidada como una de las joyas más incómodas del catálogo de Prime Video. No es para menos. Su mezcla de sátira política, violencia sin filtros y humor de trazo grueso con superhéroes del no solo la convirtió en fenómeno, sino en una rara avis dentro del catálogo de la plataforma de Amazon.
Ahora, su quinta y última temporada asume una tarea delicada: poner punto final a la caída de Patriota sin traicionar su propia identidad. En Vandal hemos podido ver los dos primeros episodios y confirmamos lo que muchos esperan: The Boys vuelve más bruta y violenta que nunca, recolocando personajes, buscando llevar al límite a sus protagonistas y preparando el terreno de cara una conclusión que promete ser un antes y un después en el streaming.
Eso sí, no esperéis un inicio espectacular, y aunque no rebaja su ADN ni el carácter claramente desvergonzado de la ficción, sí podemos llegar a entender la falta de punch en comparación a anteriores arranques de temporada. Pero no hay que alarmarse. La serie sigue encontrando espacio para lo grotesco, lo sexual y lo abiertamente provocador, combinándolo con revelaciones que apuntan a consecuencias mayores. También hay nuevas incorporaciones: algunas, puro delirio concebido para el gag; otras, como el predicador Oh Father, rescatado de las viñetas y sin aparecer desde la temporada 3, con un peso potencial dentro de la estrategia de Patriota que podría ser decisivo.
Hay que recordar que, tras los exagerados y brutales eventos del final de la cuarta temporada de la producción, donde el Patriota -de un cada vez más desquiciado y excelente Anthony Starr- ha tomado el control político de Estados Unidos por la fuerza, manejando los hilos políticos y sociales de una nación deseosa de poder y hegemonía.
Porque si algo deja claro este arranque es que The Boys no ha perdido su vocación de espejo deformante de la realidad. Ya lo hemos remarcado en anteriores ocasiones, pero el discurso Make Vought great again no es precisamente sutil, y la producción vuelve a cargar contra esa América polarizada, convertida en espectáculo constante donde incluso la tragedia se recicla como contenido y entretenimiento. Hace unos seis o siete años podríamos considerarlo algo muy exagerado, casi imposible de creer, pero a día de hoy parece casi un calco de los tiempos que nos ha tocado vivir.
En ese contexto, The Boys marca la guerra final entre supes en lo que nos parece un conflicto que evoluciona conforme al sino de los tiempos. Y sí, el combate no es solo una cuestión de fuerza bruta -que también, son superhéroes al fin y al cabo-, sino de relato. Vuelven a aparecer las consabidas redes sociales, la cada vez más presente paranoia colectiva, la inteligencia artificial y los deepfakes, factores que entran en juego como armas de primer orden y que, bien usadas, son tan poderosas como un puñetazo o un rayo láser.
Mentiríamos si obviásemos que el verdadero motor de la temporada, su macguffin, es el virus mencionado en Gen V y que desde hace bastante episodios sobrevuela muchas de las tramas. Este arma potencialmente definitiva contra Patriota y los supes de Vought se introduce sin exigir conocimientos previos al espectador, de manera orgánica, y pensado como una clara intención de cerrar el círculo.
Más allá de Starr, que vuelve a dominar la pantalla con un Patriota cada vez más desequilibrado, una bomba a punto de estallar cuyo mayor peligro reside en su imprevisibilidad, debemos aplaudir que personajes como Kimiko (Karen Fukuhara) o Frenchie (Tomer Capone) recuperan protagonismo, mientras que el Carnicero de Karl Urban se consolida como el gran contrapunto moral, -si es que ese término sigue teniendo sentido aquí tras tantos episodios-: un antihéroe incómodo, contradictorio y absolutamente esencial para comprender el conflicto.
Puede que este inicio no tenga el efecto shock de temporadas anteriores ni un evento enorme con el que enganchar al espectador desde el minuto, en parte porque la propia serie ha elevado demasiado el listón, pero transmite una sensación inequívoca: todo está a punto de estallar. Y si algo ha demostrado The Boys es que, cuando decide cruzar la línea, no hay vuelta atrás.
