A pesar de los avances en España en bienestar animal, todavía es común que particulares e incluso algunos profesionales del adiestramiento recomienden el uso de ciertos collares, especialmente los eléctricos o de castigo. Esta práctica se ha normalizado durante años bajo la creencia de que los perros solo aprenden a base de correcciones contundentes.
La idea de que un animal debe dejar de ladrar o comportarse exactamente como quiere su dueño mediante descargas o presión física sigue muy extendida. Sin embargo, este enfoque no solo choca con la ética actual, sino también con la legislación vigente. La Ley de Bienestar Animal es clara: queda prohibido el uso de cualquier herramienta que pueda provocar dolor, sufrimiento o lesiones. Dentro de esta categoría se incluyen explícitamente varios dispositivos muy conocidos.
Ya ha entrado en vigor la Ley de Bienestar Animal: prohibidos los collares de adiestramiento que puedan causar daño a tu perro
Los collares de ahogo o estrangulamiento, que se tensan sobre el cuello del perro cuando tira, con el consiguiente riesgo para la tráquea o la columna cervical, además de generar una sensación constante de asfixia, quedan prohibidos. También quedan fuera los collares de púas o pinchos, diseñados para clavar presión sobre el cuello con cada tirón, causando dolor físico y, en muchos casos, miedo asociado a algo tan cotidiano como el paseo.
A esto se suman los collares eléctricos o de descarga, incluidos los vendidos como “antiladridos”, “de estímulo” o sistemas de vallado invisible, que corrigen la conducta mediante impulsos desagradables o directamente dolorosos. Todos estos dispositivos se consideran incompatibles con el principio básico de bienestar animal que recoge la ley. Su uso puede acarrear sanciones importantes, al considerarse una infracción grave. El mensaje es claro: el dolor ya no es una herramienta válida para educar.
La normativa no prohíbe el uso de correa ni de sistemas de sujeción, siempre que sean seguros y no causen daño. Se pueden utilizar collares planos bien ajustados, modelos con cierre seguro o arneses que distribuyen la presión por el cuerpo. La clave está en el uso adecuado, combinado con una educación basada en refuerzo positivo y sin tirones bruscos, lo que cumple con lo establecido por la ley.
Esta prohibición se basa en dos fundamentos principales. Por un lado, la evidencia veterinaria: estos collares pueden provocar lesiones físicas, como problemas cervicales, irritaciones o daños en la tráquea, y agravar estados de ansiedad o miedo. Por otro lado, el enfoque ético y educativo: el adiestramiento basado en el castigo es innecesario y puede deteriorar la relación entre el animal y su tutor, aumentando el riesgo de conductas agresivas o de pánico.
La normativa promueve un cuidado animal moderno, ofreciendo alternativas eficaces sin sufrimiento. El uso de collares de castigo puede acarrear denuncias y expedientes sancionadores. En casos graves, con lesiones o maltrato, las implicaciones legales pueden ir más allá de una multa, cuestionando la capacidad del responsable para cuidar del animal. Si un perro tiene problemas de conducta, cambia el enfoque. Comprende sus necesidades y trabaja desde el respeto para una convivencia equilibrada. Un educador canino especializado en técnicas positivas puede ofrecer herramientas eficaces sin dolor.















