Lo que para muchos habría sido una oferta imposible de rechazar, para Ida Huddleston y su familia fue exactamente lo contrario. Esta agricultora de 82 años, junto a su hija Delsia Bare, ha rechazado una propuesta de 26 millones de dólares para vender parte de sus tierras en Mason County, Kentucky, Estados Unidos, donde una gran empresa quiere levantar un enorme campus de centros de datos ligado al auge de la inteligencia artificial.
La decisión no tiene que ver solo con el dinero, sino con una forma de entender la tierra. La familia posee unas 1.200 acres en la zona y asegura que su vínculo con esas parcelas viene de generaciones. Bare recordó a la televisión local que su familia cultivó trigo durante la Gran Depresión y ayudó a mantener abastecidas a otras personas cuando escaseaba la comida, una memoria que pesa mucho más que cualquier cifra en la mesa.
Una oferta millonaria frente a una idea muy distinta de la tierra
La oferta, además, estaba muy por encima del valor habitual del suelo agrícola. Según las informaciones publicadas, a Huddleston le llegaron a ofrecer unos 60.000 dólares por acre para su parcela de 71 acres, mientras que Bare recibió una propuesta de unos 48.000 dólares por acre por sus 463 acres. Aun así, ambas se negaron porque no quieren ver sus campos convertidos en infraestructura tecnológica ni convivir con un desarrollo que consideran dañino para el entorno y para la comunidad rural.
La familia no está sola en su escepticismo, aunque tampoco ha logrado frenar por completo el proyecto. Varios medios locales y nacionales explican que la empresa promotora —identificada solo como una compañía de la lista Fortune 100 y aún protegida por acuerdos de confidencialidad— ya ha avanzado en la compra de otras propiedades y busca el cambio de zonificación para levantar un centro de datos de unas 2.000 acres en la zona de Big Pond Pike.
El choque entre el campo y el hambre de suelo de las Big Tech
Quienes defienden la operación hablan de crecimiento económico, con previsiones de alrededor de 400 empleos permanentes y más de 1.500 puestos de construcción. Pero Huddleston y Bare desconfían de esas promesas y ven el proyecto como otra expresión del apetito creciente de las Big Tech por la tierra rural, en un momento en que los centros de datos buscan espacio, energía y agua en zonas cada vez más alejadas de las grandes ciudades.















