La reflexión de Santiago Niño Becerra parte de una imagen sencilla —casi un “antes y después” comprimido en un tuit— para explicar un cambio de era: en 1984, sostiene, China era un país “por hacer” en muchos sectores y Europa aterrizó allí empujada por una lógica muy concreta, la de abaratar costes y, si era posible, vender en un mercado gigantesco. En su lectura, esa decisión no solo trasladó fábricas y cadenas de suministro: trasladó know-how, rutinas industriales y aprendizaje por ósmosis, el tipo de conocimiento que no siempre viaja en manuales.
La clave, dice, es que Pekín no se limitó a producir barato. Absorbió capacidades y las convirtió en músculo propio, hasta el punto de que ahora el pulso se juega en el terreno más incómodo para Europa: el de la tecnología y la innovación como ventaja competitiva. Los indicadores internacionales vienen apuntando esa dirección desde hace años, con un ritmo de crecimiento del gasto en I+D en China claramente superior al de la UE y Estados Unidos, y con el país escalando posiciones en los grandes rankings de innovación.
La guerra comercial como síntoma
El giro se vuelve más áspero cuando baja al barro de la política comercial. Mientras Bruselas intenta blindarse frente a una avalancha de eléctricos chinos con aranceles, la respuesta de Pekín ha ido ensanchando el conflicto hacia otros productos europeos, desde investigaciones sectoriales hasta medidas sobre importaciones como las de lácteos. A la vez, ambos bloques han explorado fórmulas para desactivar la guerra —por ejemplo, hablar de precios mínimos en los coches eléctricos—, señal de que nadie quiere una escalada infinita, pero tampoco ceder la narrativa de “quién manda” en el tablero industrial.
En ese contexto, Niño Becerra mete el dedo en el ojo con un ejemplo deliberadamente provocador: imaginar a BYD comprando Volkswagen. No lo plantea como una filtración, sino como un test de estrés para Europa: ¿qué harían Bruselas y Berlín si el capital chino quisiera hacerse con una joya industrial alemana? La pregunta apunta a una tensión real entre atraer inversión, sostener empleo y, al mismo tiempo, proteger sectores considerados estratégicos.
Interés chino, debate europeo
Lo interesante es que, aunque su escenario sea hipotético, la idea no vive en el vacío. Reuters ha contado que, en plena discusión sobre cierres o reconversiones de plantas en Alemania, ha habido interés de compradores chinos por fábricas vinculadas a Volkswagen, y que el propio grupo ha reconocido conversaciones con socios chinos sobre invertir en Europa. En paralelo, BYD ha estudiado Alemania como ubicación para una tercera planta europea, precisamente para ganar presencia industrial y sortear fricciones comerciales. No es “BYD compra VW” mañana, pero sí un clima en el que esas posibilidades ya forman parte del debate.
1/8. En mi opinión no es correcto comparar la relación entre la EUR y CHI existente en 1984 con la actual. En 1984 en CHI todo estaba prácticamente por hacer en todos los sectores de la economía de CHI, y EUR fue a CHI porque, fundamentalmente, buscaba costes bajos
— Santiago Niño (@sninobecerra) November 28, 2025
El diagnóstico final de Becerra va más allá del titular: si Europa quiere negociar con China sin ir a remolque, dice, tiene que empezar por mirarse el inventario —qué capacidad productiva sobra, dónde y en qué sectores— y decidir qué está dispuesta a ceder a cambio de qué. Porque la gran ventaja china, insiste, ya no es solo el coste: es la capacidad de fabricar con tecnología avanzada, moverse rápido y convertir escala industrial en poder de mercado.















