El Señor de los Anillos es una de las grandes obras maestras cinematográficas de nuestro tiempo. Basada en el trabajo de J.R.R. Tolkien, esta epopeya, considerada un milagro cinematográfico, llegó a las pantallas de cine tras el esfuerzo de Peter Jackson, director, productor y coguionista de esta versión. Durante años, el cineasta ha ido desvelando detalles de su concepción y del trabajo detrás de una gigantesca historia que ha conquistado a millones de espectadores desde hace más de 25 años desde su irrupción en las carteleras.
Pero Jackson, que ha confesado no haber visto las producciones que él filmó hace unas décadas, también tuvo otra confesión en el momento del estreno de La comunidad del anillo: no ha vuelto a leerse El Señor de los Anillos.
Peter Jackson (64) lo admite sin rodeos: “No he vuelto a leer El Señor de los Anillos, no soy ese tipo de persona”
El neozelandés, que regresará a la Tierra Media junto a su esposa Fran Walsh y Philippa Boyens en La caza de Gollum -que comenzará a rodarse el próximo junio en Nueva Zelanda-, comentó en la revista de Games Workshop White Dwarf 81 (de allá por enero de 2002, coincidiendo con el lanzamiento del juego de miniaturas en forma de wargame), que no ha vuelto a leer la novela de Tolkien desde que lo enamoró la primera vez.
"No, no he vuelto a leer El Señor de los Anillos en estos 20 años", indica el director. "No soy el tipo de persona que lo leería cada año; yo solo lo catalogué como un gran libro. Pero ahora, mientras hacía la película, obviamente, lo he leído un millón de veces; de atrás hacia adelante, del principio al final y desde todos los ángulos", prosigue el cineasta. Y tiene su explicación.
El flechazo literario de Peter Jackson con El Señor de los Anillos llegó temprano y fue decisivo. De adolescente en Nueva Zelanda, como tantos otros lectores que han experimentado la magia de la Tierra Media, comprendió que tenía entre manos algo más que una simple novela de aventuras. Fue una lectura de camino a su primer trabajo, y eso le marcó. Tras aquella revelación juvenil, no volvió a sus páginas durante años. No por falta de interés, sino quizás por respeto: algunas lecturas fundacionales quedan suspendidas en la memoria como un recuerdo intacto, casi sagrado.
Cuando el proyecto cinematográfico comenzó a tomar forma junto a Miramax, y posteriormente con New Line Cinema, y se sentó a escribir el libreto con Fran Walsh y Philippa Boyens, Jackson tuvo que regresar al texto no como lector, sino como arquitecto. Ya no bastaba con dejarse llevar por la épica de Aragorn o la resistencia moral de Frodo en su Misión; ahora debía, obligado por una gran responsabilidad, desentrañar estructuras, seleccionar pasajes relevantes, podar tramas superfluas y traducir la música interna del lenguaje de Tolkien al ritmo del cine. Esta segunda lectura fue distinta: más analítica, más quirúrgica, pero también más consciente de la magnitud del reto.
Es lógico que así fuera. La gran obra de Tolkien no es un libro que se agote en una sola lectura. Invita -casi exige- ser revisitada con la edad, con la experiencia y con nuevas preguntas. Cada regreso revela matices políticos y religiosos o capas emocionales que tal vez pasaron desapercibidas en la adolescencia. Para Jackson, volver a la novela de fantasía más influyente de la historia no fue simplemente un acto de documentación: fue reencontrarse con el asombro original, esta vez con la responsabilidad de convertirlo en imágenes que estarían destinadas a millones de espectadores.















