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Ni perro ni lobo: el depredador carnívoro que empuja a Australia a construir una valla de 5.600 km como protección

La decisión final es social: qué coste aceptamos pagar —en granjas y en biodiversidad— para convivir con un animal que no encaja en una sola etiqueta.
Ni perro ni lobo: el depredador carnívoro que empuja a Australia a construir una valla de 5.600 km como protección
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Actualizado: 10:01 17/1/2026
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dingo
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Australia tiene un animal capaz de obligar a un país entero a dibujar una línea física sobre el mapa: una barrera de miles de kilómetros pensada para mantenerlo lejos del ganado. Ese “perro” es el dingo, y su rareza no está solo en su mirada o en su silencio —ladra menos que un perro doméstico—, sino en la mezcla explosiva de política, economía rural y ecología que arrastra consigo. Tan pronto es villano (por el daño a ovejas y terneros) como pieza clave para que ciertos paisajes no se descompensen cuando desaparece el depredador dominante.

Durante años se ha vendido la idea de que el dingo es “algo entre perro y lobo”, pero la ciencia —y, sobre todo, la taxonomía— no lo encaja tan fácil. Un trabajo con genomas antiguos publicado en PNAS sugiere que los dingos llegaron a Australia como perros ya asociados a humanos, y que su historia genética lleva al menos dos milenios siendo reconocible y distinta de la de perros modernos: no es un recién llegado, pero tampoco un cánido “prístino” ajeno a nuestra historia. En paralelo, organismos de nomenclatura han empujado a clasificarlo dentro de Canis familiaris (perro) en lugar de tratarlo como especie aparte, algo que alimenta el debate social: si es “perro”, ¿se gestiona como plaga; si es “nativo funcional”, se protege?

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Un superviviente adaptable

Lo que sí sabemos con bastante solidez es que su biología se ha afinado para sobrevivir donde otros cánidos lo tendrían complicado: desde desiertos interiores a costas y bosques, con dietas oportunistas y capacidad de recorrer largas distancias en busca de alimento y agua. En lugares como K’gari (Fraser Island) se subraya justo esa adaptabilidad: comen desde pequeños mamíferos y reptiles hasta carroña, y su conducta cambia cuando los humanos alteran el acceso a comida (por ejemplo, si se les alimenta). Esa plasticidad, que en naturaleza es una ventaja, cerca de asentamientos se convierte en fricción constante.

El corazón del dilema, sin embargo, es ecológico. Varias revisiones y estudios de campo han descrito al dingo como depredador tope capaz de “aplastar” a competidores intermedios (zorros, gatos asilvestrados) mediante depredación directa o por miedo —un efecto en cascada que termina beneficiando a fauna pequeña y vulnerable. En un estudio en Journal of Applied Ecology, por ejemplo, se documenta que la presencia de dingos puede asociarse a una supresión fuerte de gatos introducidos, con implicaciones directas para mamíferos autóctonos amenazados; y una revisión en Biological Reviews repasa cómo ese rol de depredador dominante puede reordenar ecosistemas enteros. En otras palabras: cuando el dingo falta, no solo hay “menos dingos”, puede haber más presión de mesodepredadores y más daño acumulado a especies nativas.

Infraestructura, memoria y conflicto

De ahí que la infraestructura también sea ecología. La llamada Wild Dog Barrier Fence se cita con una longitud en torno a 5.614 km, diseñada para reducir ataques a ganado en regiones clave. Pero una valla así no solo separa ovejas de colmillos: también puede separar dinámicas de depredación, abundancias de zorros/gatos y, a la larga, paisajes con reglas distintas a cada lado. Y en la relación con humanos hay un recordatorio cultural que todavía pesa: el caso Azaria Chamberlain, que acabó en una conclusión oficial de que la bebé fue atacada o llevada por un dingo, tras décadas de controversia y consecuencias judiciales y mediáticas devastadoras.

El giro más incómodo es que el mayor peligro para el dingo “como lo imaginamos” puede no ser la persecución directa, sino la dilución lenta: la hibridación con perros domésticos, que vuelve cada vez más difícil hablar de poblaciones genéticamente diferenciadas y complica cualquier política de conservación. Ahí se ve por qué la pregunta “¿qué es exactamente un dingo?” no es una curiosidad de museo: según dónde vivas, define si se controla, se tolera o se cuida como parte del patrimonio natural.

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