Durante siglos, los cristales han fascinado a los humanos como objetos de belleza, poder o misterio. Ahora, un estudio con chimpancés sugiere que esa atracción podría ser mucho más antigua que la joyería, la religión o la decoración. Un equipo liderado por el cristalógrafo Juan Manuel García-Ruiz, del Donostia International Physics Center (DIPC), ha comprobado que chimpancés criados en entornos humanizados muestran una preferencia clara por los cristales frente a piedras corrientes, un resultado que apunta a una posible raíz evolutiva compartida con nuestra propia especie. El trabajo se publicó en Frontiers in Psychology el 4 de marzo.
La pregunta que intentan resolver los autores viene de muy atrás. En varios yacimientos arqueológicos asociados a homínidos se han encontrado cristales de cuarzo y calcita de hace hasta 780.000 años, pero con una rareza importante: no muestran signos claros de haber sido usados como herramientas, armas ni adornos. Eran objetos transportados y conservados sin utilidad práctica evidente. El nuevo estudio parte justamente de esa anomalía y plantea que quizá nuestros antepasados no los recogían por función, sino por una forma primitiva de atracción estética o cognitiva.
Chimpancés ante objetos fuera de lo común
Para probarlo, los investigadores trabajaron con nueve chimpancés enculturados de la Fundación Chimpatía en España. En el primer experimento colocaron un gran cristal de cuarzo junto a una roca común de tamaño parecido. Al principio ambos objetos despertaron interés, pero muy pronto el cristal se convirtió en el centro de atención mientras la piedra ordinaria quedaba relegada. Algunos chimpancés lo rotaban, lo inclinaban para observar cómo pasaba la luz e incluso intentaban llevárselo a sus dormitorios, como si fuera una posesión especial.
El segundo experimento fue todavía más revelador. Los científicos mezclaron pequeños cristales de cuarzo con una veintena de guijarros normales y comprobaron que los animales eran capaces de identificarlos con rapidez. Cuando añadieron también cristales de pirita y calcita, los chimpancés siguieron distinguiéndolos de las piedras comunes. Los autores concluyen que las propiedades más atractivas eran dos: la transparencia y la geometría, es decir, justo aquellos rasgos que hacen de los cristales una anomalía visual en un mundo natural dominado por formas curvas, ramificadas e irregulares.
Una posible pista sobre nuestros ancestros
Eso no significa que el estudio demuestre de forma cerrada que “la estética” nació hace seis millones de años. Lo que sí propone es algo más matizado: que chimpancés y humanos podrían compartir una predisposición cognitiva hacia ciertos objetos con propiedades visuales inusuales, una sensibilidad anterior a la separación evolutiva entre ambos linajes, que se produjo hace entre seis y siete millones de años. Los propios autores insisten en que trabajaron con chimpancés enculturados, es decir, animales socializados en contacto estrecho con humanos, y que por eso será importante repetir pruebas similares con primates en libertad antes de sacar conclusiones más amplias.















