Cincuenta años después de que las sondas NASA Viking 1 y Viking 2 aterrizaran en Marte, un nuevo trabajo ha vuelto a poner en el centro una pregunta incómoda: ¿y si en 1976 no “salió todo negativo”, sino que interpretamos mal lo que teníamos delante? El estudio, liderado por Steven Benner, sostiene que el instrumental sí detectó señales compatibles con orgánicos —y que una parte pudo quedar “convertida” en subproductos durante el análisis—, algo que habría contribuido a enterrar el debate durante décadas.
La historia original es conocida, pero vale la pena recordarla con precisión: las Viking llevaban varios experimentos biológicos; algunos arrojaron resultados que, en su momento, se consideraron “compatibles” con metabolismo microbiano. Sin embargo, el veredicto oficial se inclinó hacia el escepticismo porque el cromatógrafo–espectrómetro de masas (GC-MS) no halló las moléculas orgánicas que se buscaban como “ladrillos” de la vida, y esa ausencia pesó más que cualquier señal indirecta.
El rompecabezas de 1976
El giro de guion llegó en 2008, cuando la misión Phoenix Mars Lander detectó percloratos en el suelo marciano: sales muy oxidantes que, al calentarse, pueden descomponer orgánicos y generar compuestos clorados. Esa pieza química permite una lectura alternativa: si las Viking calentaron muestras que contenían orgánicos y percloratos, el horno podría haber “quemado” la evidencia y transformado parte de ella en gases como clorometano o diclorometano, precisamente los compuestos que se registraron y entonces se atribuyeron a contaminación.
En ese punto, la discusión deja de ser puramente histórica y se vuelve técnica: ¿era razonable etiquetar aquel clorometano como resto de un “disolvente de limpieza”? Los autores que reabren el caso subrayan un detalle físico que, mirado hoy, chirría: el clorometano es un gas a temperaturas moderadas (hierve a −24 °C), así que cuesta encajarlo como residuo líquido “arrastrado” desde la Tierra. Dicho de otro modo: lo que se descartó por rutinario podría haber sido una pista que pedía otra explicación.
La química que pudo borrar la señal
Que nadie venda esto como “vida confirmada”: incluso si el argumento químico convence, sigue quedando una frontera enorme entre orgánicos (que pueden proceder también de meteoritos) y biología. Pero el trabajo sí sirve para algo muy periodístico: desplaza el foco desde el “no había nada” hacia el “quizá lo destruimos sin saberlo”, y recuerda que los resultados de 1976 no fueron unívocos, sino un rompecabezas condicionado por la tecnología y los supuestos de la época.
La consecuencia práctica es clara: si queremos evitar otra década de discusiones estériles, las futuras misiones deberían diseñar pruebas que no dependan de calentar hasta el límite una muestra potencialmente reactiva, y que contemplen desde el inicio la química oxidante de Marte. En el fondo, el debate no es nostalgia por las Viking: es método científico aplicado a un planeta donde cada paso —y cada instrumento— puede decidir si detectamos una bioseñal… o la convertimos en humo antes de verla.















