TEGAKI nació en Japón el 13 de enero de 2026 con una promesa muy simple —y, por eso mismo, explosiva en el momento actual—: ser una red social de ilustración y manga donde solo tenga cabida el dibujo humano. Funciona con la lógica de Pixiv (subidas, etiquetas, “me gusta”, guardados, rankings), pero levanta un muro frontal contra el arte generado o asistido por IA, justo cuando la conversación global sobre “quién está creando qué” lleva meses al rojo vivo.
La idea, según la cobertura disponible, es la de un “refugio” para autores que no quieren competir con imágenes hechas a golpe de prompt. Detrás está Tochi, descrito como ingeniero y artista independiente. Y, además de galería, TEGAKI incorpora un sistema de encargos dentro de la propia plataforma (con pagos a través de Stripe) para que el ecosistema no dependa solo de visibilidad, sino también de monetización directa.
Verificación y barreras contra el scraping
El detalle que lo diferencia no es solo la prohibición, sino cómo intenta sostenerla. La plataforma ofrece un mecanismo de verificación para que los creadores acrediten que una pieza es “hecha a mano” (por ejemplo, mediante timelapses o archivos de trabajo), y afirma aplicar medidas anti-extracción de datos orientadas a reducir el entrenamiento no autorizado: bloqueo de rastreadores de IA conocidos, etiquetas para negar aprendizaje automático, limitación de accesos masivos y frenos a la descarga rápida de imágenes (como desactivar el clic derecho o el arrastre). Sus responsables asumen que nada de esto es infalible, pero lo plantean como una línea de defensa práctica.
El estreno, además, no fue discreto: se habla de más de 5.000 registros en el primer día, muy por encima de lo previsto por el propio creador, y de problemas técnicos derivados del tráfico. Ese arranque sugiere que existe una demanda real —aunque sea de nicho— por espacios donde la autoría humana sea la norma por diseño y no una etiqueta opcional.
Autoría, copyright y presión industrial
El contexto legal y cultural ayuda a entender por qué un proyecto así encuentra audiencia. En EE. UU., por ejemplo, la Oficina de Copyright ha reiterado que las obras puramente generadas por IA (sin aportación creativa humana “perceptible”) no obtienen protección de copyright del mismo modo que una obra humana, y distingue entre usar IA como herramienta de apoyo y delegar en ella la expresión final. En ese clima, poder demostrar proceso y autoría deja de ser postureo: empieza a ser una capa de seguridad profesional.
Y en paralelo crece la presión industrial: el BFI (British Film Institute) ha advertido sobre el uso de grandes volúmenes de guiones para entrenar modelos sin permiso y ha defendido enfoques de licencia y consentimiento (“opt-in”) para cuidar a los creadores. TEGAKI no resuelve el debate global, pero sí lo aterriza: intenta convertir en producto una idea muy concreta —“aquí se publica dibujo humano y se protege como tal”—, con la duda inevitable de si podrá escalar sin volverse más poroso, más ambiguo… o más parecido a aquello de lo que pretende escapar.















