Durante décadas, el Mar de los Sargazos, antes un enclave relativamente pequeño, se ha transformado en una vasta autopista vegetal a escala oceánica. Investigadores ahora describen un extenso cinturón de sargazo que atraviesa el Atlántico, una franja viva que en mayo alcanzó la asombrosa cifra de 37,5 millones de toneladas de alga parda flotando entre la costa occidental de África y el Golfo de México.
Imágenes satelitales han revelado una estructura desconocida de más de 8000 kilómetros de longitud en el océano Atlántico
Este fenómeno no es un evento aislado. Un estudio publicado en la revista Science, dentro de la publicación Harmful Algae, revela que este proceso se ha estado gestando durante al menos cuatro décadas en varios niveles del océano. La investigación sugiere que los nutrientes iniciales que alimentaron estas proliferaciones tuvieron un origen mixto, con un papel significativo de los aportes fluviales del Amazonas, especialmente en las fases iniciales de expansión.
Las imágenes satelitales han sido cruciales para reconstruir esta evolución. Durante años, equipos del Harbor Branch Oceanographic Institute de la Florida Atlantic University han combinado la observación desde el espacio, campañas de campo y análisis químicos para comprender cómo una proliferación detectada masivamente por primera vez en 2011 se ha convertido en un fenómeno prácticamente anual. Sorprendentemente, incluso se han encontrado referencias históricas que indican que exploradores portugueses ya describían estas masas de algas en sus viajes hacia América en el siglo XV.
El sargazo, perteneciente al género Sargassum, es un tipo de macroalga parda que flota libremente en mar abierto. Su papel, sin embargo, varía significativamente según el contexto. En alta mar, actúa como un ecosistema flotante que proporciona refugio y alimento a numerosas especies. Por el contrario, cuando llega a la costa, el equilibrio se altera: las playas quedan cubiertas por toneladas de materia orgánica en descomposición, lo que impacta directamente en el turismo, la pesca y la salud pública.
La degradación del sargazo en tierra se ha convertido en un problema importante. Su descomposición genera malos olores y puede liberar gases como el sulfuro de hidrógeno, asociado a la putrefacción. Además, las acumulaciones masivas pueden reducir los niveles de oxígeno en zonas costeras, alterar ecosistemas sensibles y afectar a arrecifes de coral. Para muchas regiones del Caribe, este problema se ha convertido en una carga constante, con limpiezas permanentes y costes económicos crecientes.
Brian Lapointe, investigador de la FAU Harbor Branch, describe el fenómeno como una combinación de factores ambientales interconectados. Su equipo ha analizado la composición del sargazo, especialmente en nitrógeno, fósforo y carbono, y cómo esos cambios reflejan transformaciones más amplias en el océano Atlántico.
Las observaciones satelitales y los modelos de circulación oceánica han permitido trazar su recorrido: desde zonas costeras ricas en nutrientes hasta mar abierto, impulsado por corrientes como la del Lazo y la del Golfo. Este patrón incluso conecta con teorías históricas que sugerían que el Golfo podría ser un punto de origen de parte de estas masas flotantes.
Lapointe advierte de episodios extremos en zonas del Golfo asociados a estas floraciones, con impactos que van desde cierres de infraestructuras hasta costes de limpieza continuos. Sin embargo, el cambio más relevante, señala, está en el origen de los nutrientes: cada vez menos vinculados a procesos naturales del océano y más relacionados con aportes terrestres como la agricultura intensiva, las aguas residuales o la deposición atmosférica.
Este desplazamiento silencioso es fundamental para comprender el fenómeno. No se limita a una proliferación biológica, sino que constituye una señal de cómo la actividad humana está reconfigurando, de manera indirecta, la dinámica de un océano entero.















