El cambio de hora en Europa, una tradición casi anacrónica, se mantiene más por inercia que por convicción. España no es la única que cuestiona esta medida a nivel europeo, que nació con lógica industrial pero que hoy parece desajustada a la realidad social y científica.
El debate no es nuevo. En 2018, la Comisión Europea planteó eliminar el horario de verano tras una consulta pública masiva en la que la mayoría de ciudadanos pidió poner fin a los ajustes estacionales. La falta de acuerdo entre Estados congeló la decisión. Ahora, nuestro país lidera una pequeña revolución.
España se erige como una voz discordante en el debate sobre el horario de verano, abogando por su permanencia mientras otros países presionan por su eliminación en 2027
España apoya suprimir el cambio de hora y, en muchos casos, mantener el horario de verano permanentemente. Pero si bien hay países que consideran que sus reclamos son justos -Finlandia y Polonia creen que los reclamos de España tienen lógica-, países como Francia, Alemania e Italia también muestran su disposición a acabar con el sistema, aunque difieren sobre qué horario debería prevalecer. Como os decimos, con la excepción de algunas regiones, los países del norte, más influenciados por los ritmos solares extremos, suelen preferir el horario de invierno, lo que complica cualquier decisión conjunta.
Básicamente, podríamos decir que el verdadero problema no es eliminar el cambio, sino decidir con qué quedarse. Esta falta de consenso normativo y legislativo ha paralizado durante años una reforma que, en teoría, cuenta con apoyo mayoritario. Mientras tanto, el calendario avanza inexorablemente.
El sistema actual está garantizado al menos hasta finales de 2026, y no sería hasta 2027 cuando, si se llega a un acuerdo, Europa podría experimentar su último cambio de hora. Fuera del continente, la tendencia es aún más evidente. Países como Rusia, Bielorrusia e Islandia ya abandonaron hace años los ajustes estacionales en favor de un horario fijo, argumentando beneficios para la salud y una mayor estabilidad social.
Como se ha documentado, el trasfondo científico sobre el cambio de hora también es relevante. Diversos estudios sugieren que estos cambios alteran el ritmo circadiano, provocando fatiga, problemas de sueño e incluso un descenso temporal del rendimiento cognitivo. Por si fuera poco, el supuesto ahorro energético que justificó la medida en el siglo XX es hoy cada vez más cuestionado. Parece que, como en otros temas, Europa se encuentra en una encrucijada que divide a los estados miembros.















