Entre Candás y Gijón, en uno de los tramos más singulares de la costa asturiana, permanece un lugar que parece detenido en el tiempo. Es Perlora, un enorme complejo vacacional que llegó a convertirse en uno de los grandes referentes del turismo social en España y que hoy sobrevive como un sorprendente conjunto de edificios frente al mar. Ahora tendrá una segunda oportunidad.
El recinto reúne 274 construcciones repartidas por unas 20 hectáreas, en un enclave privilegiado junto al Cantábrico. Durante décadas, este particular núcleo residencial fue mucho más que un lugar donde pasar unos días de vacaciones: funcionaba como una pequeña ciudad pensada para que miles de trabajadores y sus familias pudieran disfrutar del verano a precios asequibles.
¡La fantástica costa asturiana! Perlora desde el Mirador de la Formiga en Carreño https://t.co/6D4MPkxFYF #Asturias pic.twitter.com/2VOQBpaqrq
— TurismoAsturias (@TurismoAsturias) November 16, 2015
La historia de Perlora se remonta a 1954, cuando la Obra Sindical de Educación y Descanso puso en marcha el proyecto con una idea muy concreta: acercar el ocio y el descanso a las familias trabajadoras. En aquellos años, viajar durante las vacaciones seguía estando fuera del alcance de buena parte de la población, por lo que iniciativas de este tipo adquirieron una enorme importancia. Empresas como Hunosa, Ensidesa o Renfe llegaron a enviar allí a sus trabajadores durante la temporada estival.
El proyecto alcanzó unas dimensiones considerables. En sus mejores años, Perlora podía recibir aproximadamente 2.000 personas en cada turno de vacaciones. Para atenderlas, el complejo disponía de todo lo necesario para funcionar casi de manera independiente: alojamientos, comedores, instalaciones deportivas, espacios destinados a los niños, servicios sanitarios, comercios e incluso una iglesia.
Pero Perlora no destacaba únicamente por su tamaño. Su arquitectura también convirtió al conjunto en un lugar especialmente reconocible. Los hermanos Francisco y Federico Somolinos participaron en el diseño de unas edificaciones que buscaban combinar la arquitectura moderna con elementos propios de la tradición asturiana. El resultado fue una singular ciudad jardín junto al mar, con edificios y viviendas integrados en un entorno marcado por la vegetación y el paisaje costero.
El paso del tiempo, sin embargo, terminó cambiando por completo su aspecto. En 1982, la gestión del complejo pasó al Principado de Asturias y comenzó una etapa marcada por el progresivo deterioro, la falta de inversiones y distintos intentos de encontrar una nueva utilidad para las instalaciones. Las formas de viajar también habían cambiado y aquel modelo de turismo social perdió buena parte de su sentido original.
Finalmente, en 2006, Perlora dejó de funcionar como ciudad vacacional. Desde entonces, numerosas viviendas e instalaciones han permanecido cerradas, mientras el paso de los años ha dejado una huella cada vez más evidente en el recinto.
Ahora, casi dos décadas después, Perlora vuelve a estar en el punto de mira. Su enorme extensión, sus 274 construcciones y, sobre todo, su ubicación junto a playas, acantilados y tramos de costa prácticamente salvaje convierten al complejo en un enclave con un enorme potencial.
El desafío pasa por encontrar una nueva vida para Perlora sin borrar aquello que la hizo especial. La recuperación del recinto permitiría devolver la actividad a un lugar que durante generaciones estuvo asociado a las vacaciones de miles de españoles, pero también conservar uno de los conjuntos arquitectónicos y paisajísticos más peculiares de la costa asturiana.
