En el Mojave, donde todo parece quieto hasta que cae la lluvia adecuada, una planta rara ha dado una sorpresa poco compatible con la idea de que un parque solar es “suelo perdido” por definición. En la planta fotovoltaica Gemini (Nevada), el astrágalo de tres esquinas (Astragalus tricarinatus), una especie endémica del desierto catalogada como amenazada en EE.UU., pasó de 12 individuos detectados antes de la obra a 93 después, un salto que equivale a multiplicarse por unas ocho veces en apenas un par de años.
El dato importa por dos motivos: primero, porque esta leguminosa no “desaparece” cuando no la ves; a menudo aguanta como banco de semillas esperando una ventana de humedad y temperatura. Segundo, porque muchos proyectos en zonas áridas han seguido la receta rápida del blade-and-grade (desbrozar, nivelar y “peinar” el terreno), que deja el sitio listo para construir… pero también puede llevarse por delante esa memoria biológica enterrada. Lo que hizo Gemini fue, en esencia, no borrar el desierto para poder poner placas: se evitó el arrasado completo y se planificó la instalación para conservar parte del sustrato y su potencial de regeneración.
El banco de semillas importa
A partir de ahí entra la física sencilla, la que se nota en la piel cuando caminas al sol. En los muestreos posteriores, los investigadores vieron que las plantas que crecían bajo y entre los paneles no solo eran más, sino también más grandes y más productivas (más flores y frutos) que las de zonas cercanas sin estructura. La explicación propuesta es un “microclima” de manual: sombra parcial, menos evaporación, suelo que mantiene mejor la humedad y un estrés térmico algo más bajo en las horas duras. En un desierto, pequeños cambios de agua disponible pueden mover la aguja muchísimo.
Esta idea —usar la infraestructura solar como aliada ecológica en lugar de como pisapapeles— se está consolidando en la literatura con nombres como agrivoltaica (cuando convive con cultivo) y ecovoltaica (cuando se diseña pensando en el ecosistema local). En secano, hay trabajos que ya habían medido beneficios parecidos: la sombra de los paneles puede reducir el estrés hídrico de las plantas y mejorar la humedad del suelo, además de bajar la temperatura de los propios módulos en ciertas condiciones.
Ecovoltaica, pero con condiciones
Que nadie venda esto como magia verde: el estudio también pone límites. Lo observado en Gemini no significa que “poner placas” sea automáticamente bueno para cualquier especie o para cualquier desierto. La clave está en cómo se construye y se mantiene (movimientos de tierra, compactación, gestión de escorrentías, vallados, mantenimiento, control de invasoras), y en si el diseño deja al ecosistema seguir haciendo su trabajo. Dicho de otro modo: el resultado favorece la tesis de que, si no destruyes el banco de semillas y alteras lo mínimo, el desierto puede responder.
Lo interesante —para ciencia y para política ambiental— es que este tipo de casos convierte un debate abstracto (“renovables vs. naturaleza”) en una pregunta operativa: qué prácticas deberían ser obligatorias en plantas solares de zonas frágiles? Si el objetivo es electrificar sin empobrecer el territorio, el listón ya no es solo megavatios instalados: también cuenta si el proyecto mantiene suelo vivo, biodiversidad y capacidad de recuperación en un clima cada vez más extremo.















