El USS Gerald R. Ford se ha convertido estos días en una postal incómoda: un portaaviones nuclear —una base aérea flotante— operando en el Caribe mientras Washington eleva la presión sobre Venezuela. Su presencia, confirmada por comunicados de la Marina estadounidense desde mediados de noviembre, coincide con la escalada que desembocó en la captura de Nicolás Maduro en Caracas el 3 de enero de 2026, un golpe que ya ha abierto debate diplomático y legal en organismos internacionales.
Por tamaño y concepto, el Ford juega en otra liga. La propia US Navy lo describe como el buque insignia de su clase: propulsión nuclear, velocidad de 30+ nudos, una dotación que ronda las 4.660 personas (barco, ala aérea y personal de mando) y una ala embarcada pensada para operar con 75+ aeronaves, según configuración. No es solo “grande”: está diseñado para sostener operaciones continuas sin depender de bases en tierra.
El músculo naval en primer plano
La diferencia más visible —y la que explica por qué se habla de “relevo generacional” respecto a los Nimitz— está en la cubierta. El Ford introduce el sistema EMALS de lanzamiento electromagnético y el AAG para apontajes, con la ambición de mejorar el ritmo de salidas y reducir parte del desgaste mecánico asociado a catapultas de vapor y sistemas hidráulicos tradicionales. En paralelo, la Marina ha defendido que la clase nace para recortar costes de ciclo de vida y personal, aunque el programa arrastró sobrecostes y ajustes en la fase de entrada en servicio.
En el mapa, la cronología es clara: el 16 de noviembre de 2025 la Marina anunció que el grupo de combate del Gerald R. Ford entraba en el Caribe, y el 1 de diciembre confirmó una escala en St. Thomas (Islas Vírgenes de EE. UU.) dentro del área del Mando Sur. Traducido: no era una visita simbólica, sino una pieza integrada en un despliegue regional sostenido, con capacidad real de vigilancia, disuasión y proyección aérea.
La crisis venezolana lo devora todo
A partir de ahí, el contexto político lo devora todo. La operación estadounidense que terminó con Maduro bajo custodia ha generado versiones enfrentadas: Washington la presenta como captura de un dirigente acusado de delitos graves, mientras desde el entorno venezolano se habla de “secuestro” y se discute la legalidad y la inmunidad de un jefe de Estado en tribunales y foros internacionales. Incluso medios estadounidenses detallan un dispositivo amplio y coordinado, con consecuencias humanas y una resaca diplomática que apenas empieza.















