Si el agua que bebes proviene de un acuífero milenario, podría estar protegiéndote sin que lo sepas frente al Parkinson. Un reciente estudio que analizó la incidencia de la enfermedad en distintas comunidades de Estados Unidos encontró un patrón sorprendente: quienes consumen “agua más joven” tienen un riesgo mayor de desarrollar Parkinson que quienes se hidratan con aguas subterráneas antiguas.
La investigación, liderada por el Barrow Neurological Institute, incluyó a más de 12.000 pacientes con Parkinson y a 1,2 millones de personas como grupo de control. Todos vivían a menos de 4,8 kilómetros de uno de los 1.279 puntos de muestreo de agua subterránea analizados.
Consumir agua de acuíferos glaciales de 12.000 años en EE. UU. podría reducir el riesgo de Parkinson
El equipo investigó 21 puntos, analizando el tipo de acuífero, la edad del agua, su procedencia (sistemas privados o municipales) y la presencia de contaminantes tóxicos. La mayoría de los acuíferos en Estados Unidos son carbonatados y se encuentran en el Medio Oeste, el sur y Florida. Sin embargo, algunas comunidades del noreste y del norte del Medio Oeste se abastecen de acuíferos glaciares, reliquias de hace más de 12.000 años, formados durante los avances y retrocesos de los glaciares. Esta agua, al estar más profunda y aislada, suele contener menos contaminantes que la más reciente.
Brittany Krzyzanowski, PhD, autora del estudio y actualmente en el Atria Research Institute, explica el motivo de este estudio. "Las aguas más jóvenes, formadas por lluvia de los últimos 70-75 años, han estado expuestas a más contaminantes. El agua antigua, en cambio, suele estar protegida y limpia", indica. Cada vez más investigaciones sugieren que ciertos contaminantes ambientales podrían estar relacionados con la aparición de Parkinson.
De los pacientes con Parkinson, la mayoría (3463) bebía agua de acuíferos carbonatados u otros tipos (8.392), mientras que solo 515 consumían agua de acuíferos glaciares. En el grupo de control, 860.993 personas bebían de acuíferos distintos, 300.264 de carbonatados y 62.917 de glaciares, recordando que estos últimos son mucho más escasos.
Tras ajustar los datos por edad, sexo y exposición a la contaminación, el equipo descubrió un efecto protector del agua antigua. Beber agua de acuíferos carbonatados se asociaba a un 24 % más de riesgo de desarrollar Parkinson, un 62 % más en comparación con acuíferos glaciares. El agua más joven, proveniente de los últimos 75 años, elevaba el riesgo un 11 % en comparación con el agua de la Edad de Hielo.
Cabe destacar que el estudio no establece una relación causal directa entre el agua reciente y el Parkinson. Además, asume que todos los residentes a 4,8 km de un sitio específico consumen agua de ese mismo punto, lo que podría no ser del todo preciso. Krzyzanowski resume las conclusiones del estudio afirmando que el origen y la antigüedad del agua podrían influir en la salud neurológica a largo plazo. Integrar conocimientos sobre acuíferos y cerebro puede ayudar a las comunidades a evaluar y mitigar riesgos ambientales.















