Durante siglos, Alejandro Magno tuvo una ciudad “fantasma” en el mapa mental de los historiadores: una gran puerta de entrada al comercio entre Mesopotamia y el Golfo Pérsico que los textos mencionaban, pero que el terreno —y la historia reciente de Irak— se empeñaban en ocultar. Esa “Alejandría del Tigris”, más tarde conocida como Charax Spasinou, fue concebida como un puerto fluvial-marítimo para mover mercancías y personas en el corredor del río Tigris, y los proyectos arqueológicos actuales la describen como un nodo de larga distancia de primera magnitud.
La pista moderna empezó a encajar en el siglo XX, cuando la interpretación de imágenes aéreas permitió proponer una localización probable en el sur de Irak —el área de Jebel Khayyaber—, pero el lugar quedó fuera de alcance durante décadas por los conflictos armados y la militarización de la frontera.
No es un detalle menor: muchos yacimientos del sur iraquí quedaron “paralizados” no por falta de preguntas científicas, sino por falta de seguridad y acceso sostenido. Los propios equipos de investigación subrayan que, una vez se pudo volver al terreno, el reto pasó a ser reconstruir una ciudad enorme a partir de señales dispersas en superficie.
Cuando la ciudad se dibuja sin excavar
Ahí entra la arqueología del siglo XXI: vuelos de dron, cartografía de alta resolución y, sobre todo, geofísica. En Charax Spasinou, los trabajos publicados en los últimos años han explotado técnicas como la magnetometría para “ver” trazas de planificación urbana sin necesidad de abrir zanjas por todas partes: calles, cambios de fase, áreas edificadas y vacíos que delatan usos distintos del espacio (residencial, productivo, religioso o logístico). Ese enfoque permite algo clave en una metrópolis enterrada por sedimentos: pasar del hallazgo puntual a un modelo de ciudad, con evolución y reorganizaciones a lo largo del tiempo.
El resultado que dibujan estas investigaciones es el de un gran centro comercial activo durante siglos, con una lógica portuaria adaptada a un paisaje que no se estaba quieto. En el sur de Mesopotamia, los ríos, canales y marismas han cambiado de posición muchas veces; y los estudios recientes insisten en esa idea: comprender Charax Spasinou implica seguir la pista del agua, porque la sedimentación y el desplazamiento de cursos fluviales pueden convertir un puerto estratégico en un enclave interior en relativamente poco tiempo. La arqueología, aquí, no solo excava muros: reconstruye una costa perdida.
El agua como motor y como amenaza
Ese “abandono” progresivo —que algunas interpretaciones sitúan hacia los siglos finales de la Antigüedad— suele explicarse, precisamente, por la pérdida de ventaja geográfica: si el río se aleja o el delta se colmata, la infraestructura comercial deja de tener sentido. En paralelo, la investigación vincula el gran sistema urbano del Tigris con otras capitales y polos regionales (imperiales y comerciales), en una red donde una ciudad portuaria podía canalizar buena parte de los flujos que conectaban Mesopotamia con rutas hacia el este. El atractivo del hallazgo es que baja esa red del papel al terreno, con evidencias urbanas y técnicas medibles.















