España es, en esencia, un país de encurtidos. No se trata solo de acompañamientos: aceitunas de todo tipo, piparras, pepinillos, cebollitas o banderillas forman parte de una cultura gastronómica que ha convertido el aperitivo en un ritual casi sagrado. Lo que comienza como un detalle en la mesa, mientras llegan los platos principales, a menudo roba protagonismo al resto de elaboraciones.
Ese universo ácido, salino y vibrante ha permeado algunas de las recetas más populares del recetario español. La ensaladilla rusa es quizá el mejor ejemplo: un plato que, aunque parte de una base reconocible, admite tantas variaciones como cocineros lo reinterpretan.
Bea Negro, chef, afirma que la ensaladilla rusa más deliciosa no lleva atún, sino berberechos, anchoas y un toque de piparras
En ese terreno de libertad creativa se mueve la propuesta de Bea Negro, subcampeona de MasterChef 13, que ha decidido llevar la ensaladilla a otro territorio culinario. Su versión, bautizada como “ensalagilda”, se inspira directamente en uno de los pintxos más emblemáticos del País Vasco: la gilda.
La inspiración no es casual. La chef reconoce su fascinación por ese equilibrio tan característico entre aceituna, anchoa y piparra, un trío que condensa en un solo bocado acidez, salinidad y frescor. A partir de ahí, traslada esa lógica a un plato mucho más amplio y conocido, sin romper su estructura esencial.
La base se mantiene intacta: patata cocida, huevo y mayonesa siguen siendo el eje del plato. Son los elementos que sostienen todo lo demás y permiten que los nuevos matices se integren sin desvirtuar la receta original.
El cambio llega en el acompañamiento. El atún desaparece por completo y deja paso a ingredientes con mayor carga expresiva, como las anchoas y los berberechos. Las primeras aportan intensidad y un fondo salino mucho más marcado; los segundos introducen una nota marina más ligera y fresca.
Las piparras son el ingrediente estrella de esta ensaladilla, no solo como un elemento sólido, sino también integradas en la propia mayonesa, lo que intensifica su presencia en cada bocado. Su toque ligeramente picante y avinagrado impregna toda la elaboración, estableciendo un vínculo directo con el universo de la gilda. El resultado es una ensaladilla familiar, pero con un giro inconfundible hacia el aperitivo vasco. Mantiene la comodidad de lo conocido, pero introduce una complejidad de sabores que la distancia de las versiones más convencionales.















