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1 millón de colillas pasan del suelo a las sillas: tardan 15 años en descomponerse y cada una salva 500 litros de agua

Las colillas son el residuo urbano más abundante de Europa: 4,5 billones se tiran cada año y cada una puede contaminar 8 litros de agua. Así las reciclan en Países Bajos y Francia.
1 millón de colillas pasan del suelo a las sillas: tardan 15 años en descomponerse y cada una salva 500 litros de agua
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Actualizado: 7:01 21/2/2026
colillas
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En los canales de Ámsterdam y en las aceras universitarias de Leiden, un enemigo diminuto, la colilla, supone un desafío constante para los equipos de limpieza. A pesar de su pequeño tamaño y su capacidad para camuflarse entre adoquines, las colillas son omnipresentes.

A nivel mundial, se desechan la asombrosa cifra de 4,5 billones de colillas cada año. No es una exageración: las colillas son el residuo más comúnmente encontrado en las campañas de limpieza de playas en Europa y en todo el mundo, un símbolo incómodo de nuestra cultura de usar y tirar.

Un millón de colillas se transforman en muebles: residuos que tardan 15 años en degradarse ahora evitan contaminar 500 litros

El problema de las colillas va más allá de lo estético. Cada filtro está fabricado con acetato de celulosa, un tipo de plástico que puede tardar hasta una década en degradarse. Durante este tiempo, actúa como una cápsula tóxica, liberando nicotina, arsénico, plomo y miles de otros compuestos químicos, más de 7000, que pueden contaminar hasta 8 litros de agua por unidad. Lo que muchos creen que es algodón es, en realidad, plástico modificado que se fragmenta en microplásticos y se filtra en suelos y acuíferos.

Ante este panorama, han surgido iniciativas que buscan transformar este residuo en un recurso. En Países Bajos, la startup Peukenzee nació con una idea clara: recoger colillas en masa y darles una segunda vida. Su objetivo es transformar los filtros en materia prima para fabricar paneles rígidos, palés logísticos o elementos de mobiliario urbano. La lógica es sencilla: si el plástico ya existe, al menos que vuelva al circuito productivo.

En Francia, MéGo! fue pionera en Europa al desarrollar un proceso integral de reciclaje de colillas. Extraen la celulosa de los filtros, la transforman en láminas y la utilizan en bancos, revestimientos o soportes urbanos. El tabaco y la ceniza restantes se someten a compostaje controlado, e incluso están explorando soluciones biológicas para neutralizar los residuos.

Empresas como TerraCycle han impulsado programas de recogida financiados por las tabacaleras: hacen muebles, sillas y elementos de mobiliario urbano

A nivel internacional, empresas como TerraCycle han impulsado programas de recogida financiados en parte por la industria tabacalera. Estos programas transforman las colillas en pellets plásticos reutilizables para fabricar nuevos productos. Eso sí, el reciclaje tiene sus límites. La Unión Europea incluye las colillas en la directiva de plásticos de un solo uso debido a su impacto ambiental y a la dificultad de su tratamiento. La magnitud del problema es abrumadora: se desechan billones de colillas cada año, lo que supera con creces la capacidad de cualquier planta de reciclaje.

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La paradoja es evidente: las colillas, introducidas en los años cincuenta como un gesto tranquilizador ante el miedo al cáncer, no han demostrado un beneficio sanitario proporcional. Lo que sí han generado es la mayor marea de microplásticos dispersos del planeta. Cada colilla recogida y convertida en banco es una pequeña victoria. Pero la solución real no pasa solo por mejorar el reciclaje, sino por reducir el consumo y replantear la existencia misma de estas colillas. Porque a veces la basura más pequeña revela el problema más grande.

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