La película parte de una premisa que parece una sátira de novela centroeuropea: Zsa-Zsa Korda, interpretado por Benicio del Toro, un magnate medio millonario, medio místico, sobrevive a un accidente de avión y decide ceder su imperio a su hija Liesl, encarnada por Mia Threapleton, una novicia con cara de no saber muy bien qué hace en ese mundo. La acompaña su tutor, Bjorn, un personaje que solo Michael Cera podría interpretar sin que parezca una broma demasiado obvia.
Una sátira poco atrevida
Wes Anderson combina aquí elementos de thriller de espionaje, drama familiar y sátira corporativa. Pero el cóctel no siempre emulsiona. Hay aroma a Los Tenenbaums: Una familia de genios en la disfuncionalidad, a La crónica francesa en la estructura episódica, y a Asteroid City en la autoconsciencia... pero todo diluido.
Visualmente, no hay nada que reprochar. Anderson sigue siendo un maestro del encuadre, y cada plano podría colgarse en una galería de arte. Pero esa perfección formal es justo lo que empieza a jugar en su contra. Lo que antes era lenguaje ahora parece fórmula. La paleta pastel, los travellings milimétricos, los movimientos coreografiados: todo sigue ahí, pero empieza a notarse más el artificio que la emoción.
Demasiado teatral y demasiado de fórmula
Incluso los actores parecen atrapados en el estilo. Del Toro logra cierta gravedad contenida como Zsa-Zsa, pero da la sensación de estar diciendo frases más que interpretando conflictos. Threapleton tiene presencia, pero el guion le da poco espacio para evolucionar. Y Michael Cera… bueno, Michael Cera hace de Michael Cera atrapado en el Gran Hotel Budapest.
El guion quiere tocar ideas como la redención, la fe y el poder, pero lo hace de forma casi decorativa, como si bastara con mencionarlas para que funcionen. Uno de los problemas más marcados es el tono. La trama fenicia coquetea con la sátira, pero no muerde. Critica el poder financiero, pero sin mancharse. Juega con el espionaje, pero sin tensión. Y construye personajes torturados… que nunca se despeinan.
Lo cierto es que hay momentos brillantes —como una cena empresarial convertida en confesionario político—, pero también muchas escenas que se sienten como relleno preciosista. Es como si Anderson hubiera tenido una idea brillante para un corto… y la hubiera estirado hasta los 110 minutos.
Un estilo que casi parece una parodia de sí mismo
El riesgo aquí es el de convertir su estilo en parodia de sí mismo. No por exceso de identidad, sino por falta de evolución. Anderson parece obsesionado con pulir la superficie, pero se olvida de lo que hay detrás del cristal.
¿Es La trama fenicia una mala película? En absoluto. Está bellamente realizada, es técnicamente impecable y tiene momentos de ingenio. Pero sí es una obra menor en su filmografía, atrapada entre la necesidad de innovar y el miedo a abandonar su zona de confort. Es una película que encantará a los fans más devotos —porque sigue siendo 100% su sello—, pero que difícilmente conmoverá a quienes buscan en su cine algo más que simetría.















