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Rusia hizo su adaptación de 'El Señor de los Anillos' hace 35 años: una extraña obra fiel a Tolkien pero de muy bajo presupuesto

'El Señor de los Anillos' tuvo su propia versión en la Unión Soviética en 1991 con resultados extraños y dispares bajo la forma de un delirio de fantasía completamente analógico.
Rusia hizo su adaptación de 'El Señor de los Anillos' hace 35 años: una extraña obra fiel a Tolkien pero de muy bajo presupuesto
Alberto González ·
Actualizado: 10:31 22/8/2026

La obra de J.R.R. Tolkien es colosal, casi inabarcable, con numerosas piezas literarias que construyen una mitología rica y profunda. Si bien la trilogía de Peter Jackson es la más querida y aplaudida, la que se considera de referencia para millones de aficionados. Ahora, mientras Los anillos de poder afianza su historia en la televisión y Warner prepara La caza de Gollum, lo cierto es que hay algo casi mágico en descubrir una extraña adaptación de El Señor de los Anillos que durante décadas se creyó perdida.

Y más todavía cuando esa adaptación procede de la televisión soviética, fue rodada en 1991 con recursos muy limitados y, en lugar de intentar competir con el cine de Hollywood, parece haber decidido convertir la Tierra Media en una mezcla de teatro televisado, cuento infantil, fantasía psicodélica y pesadilla invernal. No, no tiene término medio.

El delirio analógico que nos merecemos: Khraniteli, la loquísima y entrañable versión soviética de El Señor de los Anillos (1991)

Eso es precisamente lo que ocurre con Khraniteli (Хранители, Los Guardianes), una producción de la Televisión de Leningrado que adapta La Comunidad del Anillo. Emitida una sola vez en 1991, desapareció posteriormente de circulación y llegó a considerarse perdida hasta que fue recuperada alrededor de 2021 y publicada de nuevo por la televisión que sucedió a la cadena original.

Vista hoy, resulta inevitable compararla con las películas de Peter Jackson, pero hacerlo sería casi injusto. Khraniteli pertenece a otra tradición audiovisual y podríamos decir que casi cultural. Hablamos de una estructura propia a la del teleplay soviético, donde los decorados, las interpretaciones y la puesta en escena tienen un peso mucho mayor que los efectos especiales. El resultado es rudimentario, extraño y, precisamente por eso, fascinante. Cuando volvió a salir a la luz, The Guardian llegó a describir sus decorados y efectos como extremadamente básicos y señaló que muchas escenas parecen más propias de una representación teatral que de una película. Y es normal, su presupuesto fue exiguo.

La producción fue dirigida y escrita por Natalia Serebriakova, contó con música de Andréi «Dyusha» Romanov, miembro del grupo de rock Aquarium, y recurrió principalmente a actores vinculados a producciones televisivas de cuentos. La obra tiene una duración aproximada de 115 minutos y está dividida en dos partes.

Uno de los elementos más curiosos es que el guion se apoya en la traducción rusa de El Señor de los Anillos realizada por Vladímir Muraviov y Andréi Kistiakovski en los años ochenta. Esto explica parte de la personalidad propia de sus nombres y expresiones, alejadas de las traducciones que posteriormente se popularizarían en Occidente.

La historia comienza, como no podía ser de otra manera, con Bilbo y su cumpleaños. Pero esta versión dedica especial atención a la relación del hobbit con el Anillo y a la transformación que el objeto provoca en quienes lo poseen. Bilbo quiere desprenderse de él, aunque no puede evitar referirse al artefacto con la misma fascinación posesiva que ya había mostrado Gollum.

Gandalf comprende inmediatamente que algo no encaja. El Anillo no es simplemente una pieza de oro extraordinaria. Se trata una amenaza capaz de alterar la voluntad de quien lo utiliza y que encierra un mal extraño en su interior. La adaptación convierte así el inicio de la aventura en una historia sobre la dependencia, la codicia y la pérdida progresiva de libertad.

La adaptación incluye a Gollum, los Jinetes Negros y una Tierra Media congelada, además de adiciones un tanto estrafalarias

Cuando Frodo recibe el Anillo, Gandalf le explica su auténtica naturaleza y reconstruye el camino que ha seguido el objeto desde que Déagol lo encontró en el Anduin. Gollum aparece como una figura profundamente perturbadora, responsable de arrebatarle el Anillo a su compañero y condenado posteriormente a vivir apartado de la sociedad.

La amenaza termina llegando a Hobbiton. Frodo emprende la huida acompañado por Sam, Merry y Pippin mientras los Jinetes Negros comienzan a perseguirlos. Y aquí aparece otra de las grandes particularidades visuales de Khraniteli, y lo que creemos cambia por completo la estética de esta adaptación. En esta versión, la Tierra Media parece encontrarse permanentemente al borde de una pesadilla. La nieve, la niebla, los decorados artificiales y la iluminación generan una sensación casi onírica. No existe la espectacularidad de Jackson, ni sus paisajes naturalez, pero sí una estética que en ocasiones parece salida de un sueño febril.

La aventura lleva a los hobbits hasta el Bosque Viejo, donde la producción se permite una de sus mayores licencias visuales. Los árboles, las criaturas y los escenarios parecen pertenecer a un cuento fantástico de televisión antes que a una superproducción épica. Y sí, aquí está Tom Bombadil.

Probablemente el mayor atractivo histórico de Khraniteli sea que incluye a Tom Bombadil y Baya de Oro, personajes que desaparecieron por completo de las películas de Peter Jackson. También aparece el episodio relacionado con el Viejo Sauce y las Quebradas de los Túmulos. Bombadil funciona además como una pieza fundamental para entender la filosofía de esta adaptación. Cuando Frodo le entrega el Anillo, el personaje demuestra que puede manipularlo sin quedar sometido a su poder. Es una escena especialmente interesante porque Tolkien utilizaba precisamente a Bombadil para introducir una figura que parece escapar de las reglas habituales del poder y la corrupción.

En Khraniteli, esa idea adquiere una dimensión todavía más teatral. Bombadil no parece un poderoso guerrero ni un hechicero convencional, es más bien una presencia extraña, casi mitológica, que introduce una pausa en la persecución y recuerda a los protagonistas que existen fuerzas que no pueden medirse únicamente mediante el poder del Anillo.

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Después de abandonar su refugio, los hobbits vuelven a ponerse en marcha. La niebla los separa y Frodo termina aislado, llamando desesperadamente a sus compañeros. Y ahí termina esta peculiar aventura soviética. Khraniteli no puede competir técnicamente con las adaptaciones posteriores de El Señor de los Anillos. Tampoco pretende hacerlo. Su interés está precisamente en otro lugar: es una fotografía de cómo podía imaginarse Tolkien desde la televisión soviética justo cuando la Unión Soviética estaba a punto de desaparecer.

La producción fue realizada en 1991, poco antes del final de la URSS, y quedó como la única adaptación soviética de acción real de El Señor de los Anillos. Durante treinta años permaneció prácticamente olvidada. Su recuperación en 2021 la convirtió en una pequeña sensación entre los aficionados a Tolkien, precisamente porque mostraba una Tierra Media completamente diferente a la que el cine occidental terminaría imponiendo en el imaginario colectivo. Y quizá esa sea su mayor virtud.

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