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Científicos logran rejuvenecer células humanas usando nanopartículas: así funciona la técnica que acerca la inmortalidad

Si futuros estudios en animales confirman lo visto en placa de laboratorio, podríamos estar ante una plataforma versátil para abordar desde cardiopatías y secuelas de quimioterapia hasta enfermedades neurodegenerativas o sarcopenia.
Científicos logran rejuvenecer células humanas usando nanopartículas: así funciona la técnica que acerca la inmortalidad
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Actualizado: 15:02 31/12/2025
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En cada célula de nuestro cuerpo hay miles de pequeñas “pilas recargables” que mantienen todo en marcha: las mitocondrias. Con la edad y las enfermedades, esas baterías se estropean, producen menos energía y más residuos tóxicos, y eso se traduce en tejidos que funcionan peor, más riesgo de fallo cardíaco, deterioro neurológico o fragilidad muscular. Un equipo de Texas A&M ha demostrado ahora, en cultivos celulares, una forma de reavivar ese sistema: hacer que unas células fabriquen mitocondrias “extra” y las compartan con las vecinas dañadas, como si se estuviera haciendo un cambio de batería en cadena.

La estrategia tiene dos piezas clave. La primera son unas nanopartículas con forma de flor, hechas de disulfuro de molibdeno, diseñadas con microagujeros que las convierten en esponjas de radicales libres: absorben especies reactivas de oxígeno, las moléculas que se acumulan cuando una célula está sometida a estrés y que dañan proteínas, lípidos y ADN. Al reducir ese estrés oxidativo dentro de células madre humanas, los investigadores observaron que se activaban genes relacionados con la biogénesis mitocondrial: las células interpretaban que era buen momento para fabricar más “centrales energéticas”.

Mitocondrias de recambio gracias a las “nanoflores”

La segunda pieza se apoya en algo que ya sabíamos: las células madre tienen una notable capacidad natural para compartir mitocondrias con otras células a través de nanotúbulos o vesículas, un mecanismo que ya se ha visto ayudar a neuronas y células cardíacas dañadas en otros modelos experimentales. En este estudio, al “vitaminar” a las células madre con más mitocondrias de lo normal, se consiguió que tuvieran excedente para donar: terminaron transfiriendo aproximadamente el doble de mitocondrias a células envejecidas o dañadas de lo que se vería en condiciones normales. En el laboratorio, eso se tradujo en células musculares lisas que se multiplicaban entre tres y cuatro veces más, y en cardiomiocitos sometidos a quimioterapia con una supervivencia muy superior.

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Los autores plantean la idea como un sistema de reparto energético sin necesidad de editar genes ni administrar fármacos clásicos: se inyectarían células madre “sobrecargadas” cerca del tejido a tratar —el miocardio en una cardiopatía, el músculo en una distrofia, quizás incluso ciertas zonas del cerebro— y se aprovecharía su tendencia natural a compartir mitocondrias con las células vecinas más débiles. Si las baterías nuevas arraigan y sustituyen a las dañadas, esas células podrían recuperar parte de su función, al menos en teoría. Es una aproximación que encaja con otras líneas de investigación sobre “terapias mitocondriales”, como el trasplante directo de mitocondrias aisladas en corazón o cerebro, que ya se está probando en modelos animales.

De la prueba de concepto a las dudas de seguridad

De momento, sin embargo, todo está en fase muy temprana y limitado a ensayos in vitro. Falta responder a las preguntas incómodas: qué dosis de nanopartículas y de células madre sería segura en un animal o en humanos, dónde implantarlas para maximizar el beneficio sin provocar efectos secundarios, durante cuánto tiempo se mantiene ese “subidón” mitocondrial o si podría favorecer crecimientos indeseados, como fibrosis o tumores. También habrá que vigilar si el sistema inmune reacciona frente a las células donantes o frente a las propias nanoflores de disulfuro de molibdeno, y cómo se eliminan estos materiales del organismo una vez cumplida su función.

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