La lluvia negra que ha empezado a caer sobre algunas zonas de Irán después de los ataques contra instalaciones petroleras no encaja del todo en la etiqueta habitual de lluvia ácida, como se pensaba en un principio. Ese término se está usando mucho estos días, pero varios especialistas creen que se queda corto para describir lo que puede estar bajando del cielo: una mezcla de agua, hollín, hidrocarburos, partículas finas y otros compuestos tóxicos liberados por los incendios en depósitos de combustible cerca de Teherán.
Las imágenes y testimonios que han circulado desde el fin de semana hablan de coches y edificios manchados por una capa oscura y aceitosa, además de un aire casi irrespirable en algunos puntos de la capital iraní. Medios internacionales y vecinos han descrito un olor intenso a combustión, cefaleas, irritación y dificultad para respirar, mientras el humo de los ataques seguía cubriendo la ciudad horas después de las explosiones.
El origen está en lo ocurrido esta madrugada cuando cuatro depósitos de petróleo y un sitio logístico de productos petroleros en Teherán y sus alrededores fueron atacados por bombardeos. Al menos seis personas murieron y 20 resultaron heridas, según las autoridades.
Qué sube al aire cuando arde el petróleo
La explicación química ayuda a entender por qué preocupa tanto. Cuando arden grandes reservas de petróleo, a la atmósfera no suben solo gases que pueden formar ácido sulfúrico y ácido nítrico, los compuestos clásicos de la lluvia ácida. También ascienden partículas PM2.5, residuos de combustión incompleta y sustancias como los hidrocarburos aromáticos policíclicos, varios de ellos asociados a efectos cancerígenos y a daños respiratorios y cardiovasculares.
Por eso Gabriel da Silva, profesor asociado de ingeniería química de la Universidad de Melbourne, ha advertido en The Conversation que hablar solo de lluvia ácida puede ser engañoso. Su análisis subraya que esta precipitación podría arrastrar además metales, compuestos inorgánicos y restos procedentes no solo del petróleo incendiado, sino también de materiales de construcción y escombros lanzados al aire por las explosiones iniciales.
El riesgo real: exposición y contaminación
El riesgo inmediato no sería tanto una escena de película con quemaduras químicas instantáneas, sino algo más insidioso: irritación de ojos y piel, empeoramiento del asma, crisis respiratorias y exposición a contaminantes que pueden dejar huella más allá de unos pocos días. La preocupación crece especialmente en niños, mayores y personas con enfermedades pulmonares, pero también en torno a la posible contaminación de suelos, superficies y fuentes de agua si esa mezcla termina depositándose de forma sostenida.















