Europa ha decidido dejar de improvisar y pasar a la acción. Tras años sosteniendo su sistema energético sobre una dependencia incómoda -y peligrosa- del gas ruso, el continente ha optado por una respuesta estructural y a largo plazo: convertir el viento en su nuevo escudo estratégico. No es un gesto simbólico ni una promesa vaga. Es un plan coordinado, multimillonario y con vocación de cambiar las reglas del juego.
Europa acelera su ruptura energética con Rusia y lanza una inversión récord en eólica marina
El punto de partida fue Hamburgo, donde los representantes de nueve países europeos firmaron un acuerdo para transformar el Mar del Norte en el mayor núcleo de generación de energía limpia del planeta. El contexto no podía ser más claro, ya que en los últimos meses hemos asistido a tensiones geopolíticas persistentes, un creciente a temor a cortes de suministro, sabotajes a infraestructuras críticas y un mercado energético aún marcado por la volatilidad. En ese escenario, la eólica marina aparece como la apuesta más sólida para ganar autonomía y estabilidad.
Durante décadas, Europa -con Alemania como caso paradigmático- construyó su prosperidad energética apoyándose en el gas procedente de Rusia. La invasión de Ucrania en 2022 dinamitó ese equilibrio y dejó al descubierto una fragilidad que se tradujo en inflación, escasez y graves pérdidas industriales. Desde entonces, la búsqueda de alternativas dejó de ser una opción ideológica para convertirse en una urgencia política.
El nuevo acuerdo fija objetivos ambiciosos. Alemania, Francia, Dinamarca, Noruega y Reino Unido liderarán una cartera conjunta de proyectos eólicos marinos que alcanzará los 100 gigavatios de capacidad, suficiente para abastecer a cerca de 100 millones de hogares. A medio plazo, el compromiso es aún mayor: 120 GW en 2030 y hasta 300 GW en 2050. Las cifras son colosales, pero los propios expertos reconocen que el ritmo actual sigue siendo insuficiente, de ahí la necesidad de acelerar permisos, atraer inversión y simplificar la normativa.
Más allá de los aerogeneradores, el plan aspira a convertir el Mar del Norte en un laboratorio energético europeo. Lo hará con un ambicioso entramado de redes inteligentes, sistemas avanzados de almacenamiento, una renovada integración digital y la clara mejora de la eficiencia. Todos estos aspectos serán claves para garantizar un suministro estable, ya que la seguridad energética, subrayan los líderes, es tan importante como la reducción de emisiones.
La iniciativa también tiene una lectura geopolítica. En un contexto de crecientes tensiones en el Mar del Norte y el Báltico, proteger cables submarinos para evitar sabotajes, así como blindar las futuras infraestructuras de parques energéticos es ya una cuestión estratégica. El mensaje es claro: Europa no quiere volver a estar a merced de presiones externas.
Las inversiones serán enormes y el debate sobre costes es inevitable. Pero para sus defensores, el rumbo está marcado. La energía eólica no solo promete facturas más estables a largo plazo, sino la oportunidad de cerrar definitivamente una etapa de dependencia que el continente no quiere volver a repetir.















