Antes de pensar que plantar árboles siempre beneficia al medio ambiente conviene hacer un matiz importante: no todas las especies aportan los mismos beneficios. Algunas, especialmente cuando se introducen fuera de su hábitat natural y se cultivan de forma intensiva, pueden alterar profundamente los ecosistemas de manera casi irreversible. El caso del eucalipto es uno de los ejemplos más claros en España.
A mediados del siglo XX, esta especie australiana comenzó a expandirse con rapidez como una solución para producir madera de crecimiento rápido destinada, sobre todo, a la industria papelera. Décadas después, su presencia domina amplias zonas del noroeste peninsular y ha abierto un intenso debate sobre su impacto ambiental. Solo en Galicia ocupa alrededor del 30 % de la superficie forestal, una cifra que preocupa cada vez más a los científicos por sus consecuencias sobre la biodiversidad.
El eucalipto reduce la diversidad de aves y la flora de los bosques de España: en Galicia son un auténtico problema
Una investigación realizada por la Universidad de Santiago de Compostela y el CSIC, publicada en la revista Forest Ecology and Management, concluye que los eucaliptales albergan una comunidad de aves mucho más pobre que los bosques autóctonos.
Para llegar a esta conclusión, los investigadores Fernando García-Fernández, María Vidal, Jesús Domínguez y Adrián Regos analizaron 240 parcelas distribuidas entre masas de bosque nativo y plantaciones de eucalipto en el Parque Natural de las Fragas del Eume. Los resultados muestran que tanto el número de especies como la abundancia de ejemplares disminuyen de forma significativa allí donde predominan estos árboles.
Aunque el eucalipto llegó a España durante el siglo XIX, fue en la segunda mitad del XX cuando su cultivo se disparó para abastecer la creciente demanda de pasta de papel. Con el paso del tiempo, muchas de estas plantaciones han sustituido a los bosques originales, dando lugar a lo que numerosos especialistas describen como un "desierto verde": paisajes cubiertos de árboles, pero con una biodiversidad muy inferior a la de un bosque natural.
Una de las razones de este fenómeno está en la alelopatía, un proceso mediante el cual el eucalipto libera compuestos químicos que dificultan el crecimiento de otras plantas. Como consecuencia, desaparece gran parte del sotobosque, disminuye la diversidad vegetal y también la cantidad de insectos, fundamentales para mantener el equilibrio del ecosistema.
Esta pérdida de insectos repercute directamente sobre las aves insectívoras, que encuentran cada vez menos alimento. Además, las plantaciones suelen explotarse mediante turnos de corta de entre diez y quince años, un periodo demasiado corto para que los árboles desarrollen cavidades naturales donde numerosas especies construyen sus nidos.
En 2017, el comité científico del Ministerio para la Transición Ecológica recomendó incorporar el eucalipto al Catálogo de Especies Exóticas Invasoras. Sin embargo, la propuesta no prosperó debido al peso económico del sector forestal. Aun así, algunas comunidades autónomas, como Galicia y el País Vasco, han establecido limitaciones temporales a nuevas plantaciones para contener su expansión.
Las aves forestales que se alimentan de insectos figuran entre las principales afectadas. Especies como el mito común, el reyezuelo sencillo, el carbonero palustre, el agateador euroasiático o el pinzón vulgar encuentran muchas más dificultades para sobrevivir en estos entornos debido a la escasez de alimento y refugio.
También sufren las aves que dependen de árboles maduros para reproducirse. El pico picapinos, el pito real o el trepador azul necesitan troncos con cavidades naturales que rara vez aparecen en plantaciones sometidas a talas periódicas.
El impacto no termina en tierra firme. Las hojas del eucalipto caen a arroyos y ríos, donde liberan aceites esenciales y otros compuestos que alteran la calidad del agua y afectan a organismos acuáticos como el tritón palmeado o las larvas de tricópteros y efímeras, esenciales en la cadena alimentaria de numerosos peces.
Como posible solución, los autores del estudio plantean mantener corredores y franjas de vegetación autóctona dentro de las plantaciones. Estas zonas permitirían recuperar parte de la flora original, favorecer el regreso de los insectos y facilitar que las aves vuelvan a desempeñar su papel como controladoras naturales de plagas, contribuyendo a restaurar el equilibrio ecológico de estos bosques.















