La imagen que deja este estudio global incomoda porque rompe una idea bastante extendida: que cada generación avanza de forma automática hacia posiciones más igualitarias. No es lo que reflejan los datos. La encuesta de Ipsos y el Global Institute for Women’s Leadership del King’s College London, con unas 23.000 personas de 29 países, sitúa a una parte de los hombres de la Generación Z como el grupo masculino más proclive a defender roles de pareja claramente jerárquicos.
El dato que más llama la atención es también el más difícil de rebajar: un 31% de los hombres de la Generación Z cree que una esposa debería obedecer siempre a su marido, y un 33% sostiene que el marido debe tener la última palabra en las decisiones importantes del hogar. La comparación generacional refuerza el impacto. Entre los baby boomers, esas cifras caen al 13% y al 17%, lo que dibuja una brecha clara entre hombres jóvenes y mayores.
La brecha no es solo generacional
La distancia también aparece al comparar sexos dentro de la misma generación. Entre las mujeres de la Generación Z, el respaldo a la idea de que una esposa debe obedecer a su marido baja al 18%. Eso revela que la fractura no se produce solo entre jóvenes y mayores, sino también entre chicos y chicas que comparten edad, entorno digital y contexto cultural. El contraste apunta a una tensión interna dentro de la propia juventud.
El informe también detecta una visión más rígida sobre cómo deberían comportarse mujeres y hombres. Un 24% de los hombres Z cree que una mujer no debería parecer demasiado independiente, y un 21% opina que una “mujer de verdad” no tendría que iniciar relaciones sexuales. Al mismo tiempo, ellos mismos se imponen un ideal de masculinidad exigente: más fuerza física, más contención sentimental y más distancia con tareas como el cuidado infantil.
Contradicciones y normas sociales
Ahí aparece una contradicción especialmente reveladora. Los mismos hombres jóvenes que muestran más reparos hacia la independencia femenina son también los más propensos a decir que las mujeres con una carrera exitosa les resultan más atractivas. No parece una vuelta simple al modelo tradicional de otras décadas, sino una mezcla más inestable. Se admira la autonomía femenina, pero a menudo sin renunciar del todo a una expectativa de control o jerarquía en la intimidad.
Otra clave del estudio está en la distancia entre lo que la gente piensa y lo que cree que su sociedad espera. En el promedio de los 29 países, un 21% apoya personalmente que los hombres tengan la última palabra en casa, pero un 31% considera que esa idea sigue muy presente en su país. Ese desfase importa porque sugiere que muchas conductas no dependen solo de convicciones personales, sino también de normas culturales que siguen pesando, aunque se expresen hoy con un lenguaje nuevo.















