Parece un truco de feria, pero es biología pura: algunos tardígrados (los “osos de agua”) pueden quedarse rígidos, deshidratados y casi inactivos, soportar frío extremo y, cuando vuelve el agua, retomar la actividad. No es inmortalidad al uso —envejecen y mueren—, pero sí una de las formas más espectaculares de “pausa” fisiológica documentadas en animales.
La clave está en la criptobiosis, un paraguas de estados de latencia en los que el metabolismo cae a niveles tan bajos que, en la práctica, la vida queda en “modo ahorro”. En muchos tardígrados terrestres, el mecanismo típico es la anhidrobiosis: expulsan gran parte del agua corporal, retraen patas y cuerpo y adoptan la forma de “tun”, una especie de cápsula arrugada diseñada para aguantar el golpe ambiental.
Un “vidrio” biológico como escudo
Esa transformación no es magia: es química y materiales. Un trabajo muy citado mostró que proteínas propias de tardígrados (como las CAHS, “intrínsecamente desordenadas”) pueden vitrificar al secarse, formando un “vidrio” biológico que estabiliza estructuras celulares cuando falta agua y evita daños típicos de la desecación. Es una alternativa (o complemento) al uso de azúcares protectores como la trehalosa que emplean otros organismos resistentes.
Con esa armadura interna, algunos récords dejan de sonar a exageración. Hay un caso particularmente llamativo: el Instituto Nacional de Investigación Polar de Japón informó de tardígrados y un huevo revividos tras más de 30 años congelados a −20 °C en una muestra de musgo antártico; el estudio asociado describe recuperación lenta, compatible con la idea de que el animal necesita reparar daños acumulados antes de volver a funcionar con normalidad.
Del vacío espacial al laboratorio
Y no es solo el frío: también han sobrevivido a pruebas fuera de nuestro planeta. En 2008, un experimento en órbita baja mostró tardígrados capaces de recuperarse tras exposición al vacío espacial, y algunos incluso tras vacío más radiación solar (con matices según el blindaje frente a UV). En laboratorio, su tolerancia a radiación ionizante puede ser enorme: en Milnesium tardigradum se han medido dosis letales medias alrededor de 5.000 Gy para rayos gamma, órdenes de magnitud por encima de lo tolerable para la mayoría de animales.
Lo importante es no venderlo como “resucitar”: lo que hacen es salir de un estado reversible de suspensión. Además, no todo vale ni todo dura: la tolerancia depende de la especie, del tipo de estrés, del tiempo de exposición y de si el tardígrado estaba hidratado o en “tun”. De hecho, estudios modernos de termotolerancia advierten que el mito del “aguanta cualquier temperatura” se rompe cuando el calor se sostiene durante más tiempo: la supervivencia cae con rapidez. En otras palabras, la naturaleza les dio un manual de resistencia, pero no un pase libre contra la física.















