Peng Yujiang solo pretendía probar su equipo cuando desplegó su parapente en las montañas Qilian, al norte de China. No planeaba volar, y mucho menos batir ningún récord. Pero una violenta corriente térmica lo enganchó y lo lanzó a más de 8.000 metros de altura, hasta rozar lo que los alpinistas conocen como la “zona de la muerte”, donde la atmósfera se vuelve tan hostil que el cuerpo humano apenas puede sobrevivir sin oxígeno suplementario.
Con temperaturas bajo cero, hielo en la ropa y los dedos entumecidos, Peng luchó por controlar el parapente, comunicarse con su compañero en tierra y, sobre todo, mantenerse consciente.
Subió más alto que la mayoría de vuelos privados
Durante más de una hora, este parapentista amateur surcó los cielos a una altitud superior a la que vuelan muchos aviones privados. Cuando finalmente tocó tierra, lo hizo 30 kilómetros más allá de donde había despegado. Grabó toda la experiencia con una cámara deportiva, y su amigo Gu Zhimin subió el vídeo a Douyin, la versión china de TikTok. Las imágenes se viralizaron en pocas horas, con miles de usuarios aplaudiendo su resistencia física y el dramatismo de la hazaña. Pero no todos aplaudieron: las autoridades no tardaron en reaccionar.
En lugar de ser celebrado, Peng fue sancionado. Las autoridades chinas le impusieron una multa y seis meses de prohibición para volar, alegando que su vuelo no estaba registrado oficialmente, lo que lo colocaba fuera del marco regulatorio del deporte aéreo. También castigaron a su amigo por difundir el vídeo sin autorización. Aunque algunos propusieron que podría haber batido un récord mundial —solo comparable al vuelo de casi 10.000 metros de la alemana Ewa Wiśnierska en 2007—, la falta de un registro homologado impide que su gesta sea reconocida.
La historia revela la compleja relación entre la aventura personal y los marcos burocráticos. En un país donde el control y la supervisión de actividades recreativas es estricta, incluso una proeza como la de Peng puede convertirse en un problema legal. Y aunque la propia Administración de Aviación Civil reconoció que "nadie sobrevive a 8.000 metros sin oxígeno", eso no fue suficiente para evitar la sanción.















