Bajo la imagen clásica de la ecozona el Cerrado, Brasil, como una sabana abierta y relativamente seca, la ciencia acaba de encontrar una reserva climática mucho más poderosa de lo que parecía. Un nuevo estudio concluye que los humedales y suelos orgánicos de este bioma brasileño pueden almacenar alrededor de 1.200 toneladas de carbono por hectárea, una densidad que supera ampliamente la media de carbono acumulado en la biomasa de la selva amazónica. El trabajo, publicado en New Phytologist, pone el foco en un tipo de ecosistema mucho menos visible que el bosque, pero crucial para entender el balance de carbono de Brasil.
La comparación con la Amazonia es potente, pero conviene leerla bien. Los autores no dicen que el Cerrado, en conjunto, almacene más carbono que toda la selva amazónica, sino que ciertos humedales concretos del bioma concentran una densidad por hectárea extraordinariamente alta, en torno a seis veces la de la biomasa media amazónica. La diferencia está, sobre todo, en que aquí el carbono no está principalmente en árboles y arbustos, sino enterrado en suelos turbosos saturados de agua, donde la falta de oxígeno ralentiza la descomposición durante milenios.
Un sumidero subterráneo mucho más potente de lo que parecía
El equipo trabajó en el Parque Nacional de Chapada dos Veadeiros y analizó humedales conocidos localmente como veredas y campos úmidos. Tomaron muestras de suelo de hasta cuatro metros de profundidad, midieron flujos de dióxido de carbono y metano durante el año y usaron datación por radiocarbono para fechar el origen del carbono acumulado. Los resultados sitúan la media en 1.159 megagramos de carbono por hectárea, con un 96% del total almacenado en el suelo y capas orgánicas de casi 1,9 metros de espesor.
Lo más inquietante es que estas reservas son tan enormes como frágiles. El estudio y los centros que lo han difundido advierten de que los cambios en el régimen hídrico, la bajada del nivel freático y el drenaje aceleran la oxidación de la materia orgánica y liberan ese carbono en forma de CO₂ y metano. Gran parte de esas emisiones se concentra en la estación seca, precisamente cuando el suelo pierde agua y deja de comportarse como un almacén estable para pasar a actuar como fuente de gases de efecto invernadero.
Un tesoro climático amenazado por el agua y por el uso del suelo
A esa vulnerabilidad climática se suma la presión humana. Los autores recuerdan que una gran parte del Cerrado ya está transformada por pastos, agricultura, represas y extracción intensiva de agua, lo que altera la hidrología de estos humedales y amenaza reservas de carbono acumuladas durante entre 11.000 y 20.000 años. Y ahí está uno de los mensajes más duros del trabajo: si estos suelos se degradan, recuperar ese carbono no es una tarea que pueda resolverse en décadas, sino en escalas temporales incompatibles con una vida humana o con la urgencia climática actual.
La conclusión de fondo es bastante clara. El Cerrado no solo es un hotspot de biodiversidad y una enorme fábrica de agua para Brasil, sino también un sumidero de carbono subestimado que había quedado fuera del foco frente al brillo mediático de la Amazonia. Este estudio obliga a mirar de otra manera esos paisajes bajos, encharcados y a menudo ignorados: no como rincones marginales del bioma, sino como una de sus piezas más valiosas para el clima.















