Es uno de los grandes misterios de la arqueología moderna. A tan solo dos kilómetros de la ciudad imperial de Cuzco, Saqsaywaman se alza como una de las construcciones más imponentes y enigmáticas del mundo andino. Considerado el segundo templo más importante del imperio inca tras el Coricancha —el centro ceremonial solar por excelencia—, este colosal complejo sigue despertando fascinación no solo por su tamaño, sino por el misterio que envuelve su construcción.
Misterio en los Andes: arqueólogos no logran explicar cómo se construyó el Saqsaywaman, el 'gemelo' inca de las pirámides
Porque lo cierto es que nadie sabe con certeza cómo se levantó Saqsaywaman. Algunas crónicas coloniales mencionan el uso de rampas y técnicas de piedra seca, pero el ensamblaje milimétrico de bloques de hasta 125 toneladas sigue desafiando la lógica moderna. Las piedras, que parecen encajar como piezas de un puzle sin mortero alguno, resisten terremotos con una firmeza que haría enrojecer a muchas estructuras contemporáneas. Es difícil no pensar en las pirámides de Egipto cuando uno camina entre estos muros ciclópeos, aunque los Andes estén a más de 11.000 kilómetros del Nilo.
Según la tradición local, fue el inca Pachacútec —el gran reformador del Tahuantinsuyo— quien ordenó su construcción. El Coricancha se había quedado pequeño, y era necesario un espacio ceremonial mayor donde rendir culto al Inti, el dios Sol, y a la Killa, la Luna. Saqsaywaman se construyó con esa finalidad cósmica y espiritual, y sus proporciones hablan por sí solas: más de 3000 hectáreas de extensión y hasta 20.000 hombres movilizados para mover, pulir y encajar las piedras. Desde lo alto de sus muros, Cuzco se muestra como lo que fue: el ombligo del mundo.
Pero Saqsaywaman no es solo una reliquia del pasado. Hoy es uno de los lugares más visitados del Perú y el epicentro de una de sus festividades más importantes: el Inti Raymi. Cada 24 de junio, en el solsticio de invierno del hemisferio sur, miles de personas se congregan para revivir el gran ritual incaico en honor al dios Sol, en una ceremonia que mezcla lo ancestral con lo escénico. Llamas pastando, música de sikus, danzas con trajes tradicionales, todo envuelto por un silencio de piedra que parece guardar secretos que nadie ha conseguido desvelar.
Hay una frase que se repite como un eco entre los guías del lugar, heredada del relato oral. Cuando los conquistadores españoles preguntaron a los indígenas cómo habían sido capaces de levantar semejante maravilla, la respuesta era siempre la misma: “Mi abuelo me dijo que esto ya estaba aquí”. Tal vez no haya forma más poética —y misteriosa— de resumir lo inexplicable.















