Congelar el suelo para excavar un túnel suena a truco de ciencia ficción, pero es una técnica de geotecnia con décadas de historia: la congelación artificial del terreno. La idea es sencilla y brutalmente eficaz: si el problema es un subsuelo saturado de agua y con materiales que no “se aguantan”, en lugar de pelear contra el agua se le quita calor al terreno hasta que esa agua se convierte en hielo y el conjunto pasa a comportarse como una pieza rígida, mucho menos permeable.
En proyectos urbanos (donde no puedes “vaciar” el acuífero sin liarla con edificios, servicios y asientos del terreno), el método se ejecuta perforando el perímetro del tramo crítico e instalando tuberías de congelación. Por su interior circula un fluido refrigerante —a menudo salmuera— que va bajando la temperatura del suelo hasta que los cilindros congelados de cada tubo se solapan y forman una pantalla continua (“anillo”) alrededor de la excavación. El resultado es un muro temporal que reduce filtraciones y da resistencia en arenas sueltas, limos y rellenos complicados, justo donde una apertura sin estabilizar podría colapsar.
El ejemplo de Boston y por qué se usa
La referencia a Boston no es casual: durante las obras de la Central Artery/Tunnel (el “Big Dig”), la congelación del terreno se usó a una escala enorme en zonas con agua y suelos difíciles, con documentación técnica que habla de más de 2.000 tubos de congelación para crear esas barreras heladas durante fases sensibles de la excavación. Ese tipo de cifras no se explican por capricho: en ciudad, el objetivo es comprar certidumbre (y seguridad) cuando el subsuelo no la ofrece.
En términos físicos, lo que cambia no es solo “la temperatura”: al congelarse, el agua en los poros actúa como un cemento natural que liga partículas, aumenta la rigidez y corta caminos de flujo. Con “brine freezing” se pueden alcanzar paredes de tubería en el entorno de -40 °C en ciertos diseños, suficiente para cerrar el sistema si el anillo está bien espaciado y el flujo de agua subterránea no se lleva el frío. Cuando hace falta velocidad extrema, a veces se recurre a nitrógeno líquido, pero eso suele disparar costes y logística (y no siempre es imprescindible).
El éxito depende del control
El matiz clave —y donde se juega el éxito— es el control. La congelación no se “enciende y ya”: exige instrumentación térmica y vigilancia constante porque una fuga de agua, una zona más cálida o un caudal subterráneo fuerte puede impedir que el muro se cierre del todo. Y, en paralelo, hay que pensar en el “después”: al parar la refrigeración y descongelar, el terreno puede perder parte de esa rigidez extra y asentarse, así que se planifica la transición para no trasladar el problema a la superficie.
No es magia ni un atajo: es una forma de convertir el terreno, temporalmente, en una estructura… y de hacerlo con un nivel de control que permite excavar donde, de otro modo, el riesgo de entrada de agua y derrumbe sería sencillamente inasumible.















