Durante más de ocho décadas, una empresa de Fregene, en Italia, convirtió el piñón en una auténtica tradición familiar. Sin embargo, a finales de julio llegó el momento que nadie quería afrontar: Pinus Pinea, antigua Pinoli Martini, cerró definitivamente sus puertas. No fue por una crisis económica ni por la falta de clientes. El responsable ha sido un pequeño insecto capaz de provocar enormes daños: la cochinilla tortuga.
Este parásito, originario de Norteamérica, ha devastado los pinos de la zona y ha dejado a la compañía prácticamente sin materia prima. Salvatore Garofalo, actual propietario del negocio, reconoce que la situación del piñón italiano es crítica y que este producto prácticamente ha desaparecido del mercado nacional.
La consecuencia ha sido un cambio radical en el sector. Ante la falta de producción local, los compradores dependen cada vez más de las importaciones procedentes de España, Portugal y Turquía, mientras los precios continúan aumentando.
La escasez ha convertido al piñón en un producto prácticamente de lujo. El kilo puede alcanzar unos 75 euros en el mercado mayorista, mientras que en las tiendas el precio puede llegar fácilmente a los 140 euros. Y ni siquiera pagar esa cantidad garantiza disponer del producto inmediatamente: la falta de existencias hace que algunos pedidos puedan tardar hasta un mes en llegar.
A los daños provocados por la plaga se suma otro problema que el sector arrastra desde hace años: la desaparición de los pinaroli, los trabajadores especializados en la recolección de las piñas.
Estos profesionales procedían principalmente de la Toscana y dominaban un oficio que exigía experiencia y habilidad. Treparaban por los troncos utilizando ganchos especiales colocados en los pies, alcanzaban las ramas más altas y recogían manualmente las piñas. Una profesión tradicional que actualmente resulta muy difícil de encontrar y que complica todavía más la recuperación de la producción.
La historia de la empresa comenzó en 1945, cuando Rodolfo Martini fundó el negocio y patentó varias máquinas destinadas a romper las piñas y extraer sus semillas. Su sobrino, Enzo Fulignati, se incorporaría posteriormente al proyecto y desarrollaría nuevos sistemas para mejorar la limpieza y el pelado del fruto.
El negocio llegó a adquirir una importante dimensión internacional. Durante los años cincuenta, sus piñones se comercializaban incluso en algunas de las mejores pastelerías de Estados Unidos. Su época de mayor esplendor llegaría a finales de los setenta, cuando alcanzó cifras récord de facturación.
Después llegaría un nuevo desafío. Un acuerdo comercial entre Estados Unidos y China favoreció la entrada de piñones asiáticos mucho más baratos, provocando una fuerte presión sobre los productores italianos. La empresa consiguió sobrevivir durante décadas y, en los años noventa, la familia de Salvatore Garofalo tomó las riendas. Ahora, sin embargo, la plaga ha terminado por hacer inviable el negocio. Tras más de 80 años de actividad, Garofalo se despide de sus clientes y pone punto final a una historia marcada por la tradición, la innovación y un enemigo diminuto que ha cambiado para siempre el paisaje del piñón italiano.
