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¿Por qué nos gusta Animal Crossing?

Repasamos a través de las vivencias personales de varios redactores por qué esta saga de Nintendo es tan especial.

Ofrecido por Nintendo

El próximo 20 de marzo se pone a la venta Animal Crossing: New Horizons, el debut de una saga muy querida en Nintendo Switch, que ha vendido a lo largo de su historia más de 30 millones de copias, pero que sobre todo han conquistado el corazón de muchísimos jugadores, que encuentran en su propuesta algo único, que ningún otro juego ofrece. Si nunca os habéis sumergido en un Animal Crossing es muy posible que os preguntéis por qué esta saga es tan especial, y hoy a petición de Nintendo tres redactores de Vandal, de manera libre y muy personal, os van a explicar los motivos por los que estos juegos de Nintendo se han ganado todo su cariño como gamers.

Un juego terapéutico

Animal Crossing es una de las series de videojuegos más importantes para mí porque me transportó a un amable lugar de ensueño en las épocas más truculentas de mi vida y me permitió reconectar con otras personas. Había oído hablar de la saga anteriormente, pero no fue hasta que vi Animal Crossing: Wild World en un escaparate cuando entré en su mundo. En la portada había una pegatina que decía "¡De los creadores de Nintendogs!". Del mismo modo que Nintendo DS me permitió hacer realidad mi sueño de toda la vida de cuidar de un perrete, aquella carátula me prometía hacer amigos y conectar con una sociedad a la que en aquel momento no me sentía conectado.

Aquel Animal Crossing: Wild World me ofreció muchas más cosas de las que imaginaba. Me permitió hacer escapadas diarias de una horita, a veces hasta menos, a una tranquilidad que no existía en mi mundo real. El agobio de los estudios de secundaria se contrarrestaba con lo que proponía el juego de Nintendo: vive tranquilo, recoge hierbas, planta flores, pesca, caza insectos… Haz lo que quieras, y hazlo a tu ritmo. Pero a la vez me ayudó con mis problemas con la planificación del tiempo: el juego estaba repleto de eventos que solo sucedían en unas horas concretas, por lo que poco a poco mi yo adolescente fue aprendiendo a gestionar las horas de juego, y esto lo aplicó a la vida real.

Pero como en el mundo real, lo importante en Wild World eran los seres que vivían dentro de la tarjeta del juego. Cada uno de ellos tenía su propia personalidad, alguno de ellos te podría caer mejor o mejor, pero nunca había ningún comportamiento despectivo ni entre ellos ni hacia el jugador. Podía haber pequeñas disputas, pero siempre se solucionaban con un regalo, con un favor, con una muestra de cariño. Unos gatetes antropomórficos, unas ranas parlanchinas y unos ositos con vestidos me enseñaron a tratar mejor a la gente y a exigir que a mí me trataran mejor. Y aunque la pena de que uno de esos vecinos abandonara el pueblo me duraba días, me hizo madurar, me hizo dejar de culpar a los amigos de la infancia que se separaron, a entender que las personas con las que tienes lazos profundos hoy pueden convertirse en recuerdos bonitos en el futuro, y que no pasa nada por ello.

Si Wild World me hizo crecer, Animal Crossing: New Leaf me pilló en un momento que le viene ni que pintado a su subtítulo. En la época del bachillerato conecté con un grupo de gente que me cambió la vida, y casualmente, algunos de ellos también jugaban a Animal Crossing. Tras años sin jugar a la saga, convertirme en alcalde de un pueblo se sentía fresco, y a la vez, era una representación de que tenía las riendas sobre lo que pasaba en mi vida. Las nuevas posibilidades en la creación de ropa me encantaron porque ya había pasado la época de vestir siempre en chándal y empezaba a preocuparme (algo) por la moda. El multijugador local nos permitía visitar el pueblo de los demás en los descansos de clase para conseguir frutas que no estaban en nuestro mundo digital, y en el online nos íbamos a tirar la caña (o sea, a pescar) o a los conciertos de Totakeke. Además, me encantaba la integración que tenía con el StreetPass: salía a pasear por el pueblo con la 3DS encendida y volvía rápido a casa para ver los hogares de los desconocidos que me cruzaba por la calle.

Es difícil que como adulto un juego te impacte de la misma manera que puede hacerlo en la infancia o la adolescencia, pero las ganas que le tengo a Animal Crossing: New Horizons no se han visto mermadas por ello. Ahora podré impregnar la isla entera, y no solo mi casa, con mi personalidad y mi mal gusto para la decoración. El nuevo sistema de crafteo promete hacer la progresión mucho más entretenida. Por supuesto, tengo ganas infinitas de conocer a los nuevos vecinos y de reencontrarme con los animales a los que tantas cosas les regalé en los juegos anteriores. Por supuesto, no puedo esperar más a ver los chistes y juegos de palabras que se les ha pasado esta vez por la cabeza a los traductores de Nintendo. Pero de lo que más ganas tengo es de juntarme con mis amigos, que visitemos nuestras islas y que pasemos la tarde juntos charlando y viendo el atardecer desde la orilla de una playa.

Fran G. Matas

Animal Crossing a lo largo de una vida

Para hablar de Animal Crossing tendría que echar la vista atrás. A un tiempo en el que a una niña, que más prefería un videojuego antes que una muñeca, se sentaba en un parque con un par de amigos, Nintendo DS en mano cual espada Excalibur que nos servía para creernos reyes del mundo durante unas horas. Pasábamos las tardes disfrutando de juegos como Mario Kart, Warioware o Mario Party, algunas veces con saña competitiva, otras por simple divertimento y para echarnos unas risas que más tenían que ver con la inocencia de esos años. Si algo me gusta destacar de los videojuegos es su factor social, el compañerismo que a menudo engendran o la competición que nos enseña a asumir con madurez nuestros errores y a ser mejores.

Los videojuegos, empleados de forma sana y sin mayor pretensión que la de usarlos como un pasatiempo que nos permite divertirnos y disfrutar de esta particular creatividad artística, destacan para mí por su cariz social. Cuando al mercado el primer Animal Crossing portátil, Wild World allá por el 2005, empecé a entender cuán importante era esta función dentro los videojuegos. El lanzamiento más de una década después de Nintendo Switch sólo me hacía afianzar cómo Nintendo había comprendido esta función desde que Nintendo DS –antes con Game Boy y Advance- llegó a nuestras manos. Jugar en cualquier parte, con cualquiera de nuestros amigos, se convirtió en una forma de interacción social en la que entraba en el terreno de juego un factor común: el amor por los videojuegos. En esos años donde uno lucha por tratar de encajar en un grupo con el que comparta afinidades y gustos, lo cierto es que los videojuegos se convirtieron para mí en un bonito puente para entablar amistades que aún a día de hoy recuerdo con cariño.

Entre ese álbum de imágenes de mi infancia, encuentro a esa misma niña sentada en un sillón junto a un amigo suyo. Los dos se han comprado una copia de Animal Crossing: Wild World, y están creando a su personaje mediante una serie de preguntas que responden mientras van subidos en un taxi. Es la primera vez que juegan a Animal Crossing, y quieren descubrir a la vez en qué consiste este mundo extraño que ahora tienen que disponerse a explorar el uno al lado del otro. De pronto, lo que encuentran ante ellos es un pueblecito habitado por animales antropomórficos que emiten sonidos extraños pero muy graciosos al hablar. ¿Lo siguiente? ¡Qué tienen que pagar una hipoteca! Como la vida misma, dirían sus padres, aunque nuestros dos protagonistas no sabían de momento a qué se referían con ello. Pero entendían una cosa: había que hacer lo posible para recolectar bayas, y usarlas para pagar esa dichosa hipoteca, con la que conseguíamos ampliar nuestro hogar y refugio en este extraño mundo.

Así comenzó mi aventura en Animal Crossing. Una propuesta que nos servía para relajarnos y apartarnos un rato de la rutina del día a día; deambulando por un pueblecito donde uno podía pescar, encontrar artículos curiosos para colocar en un museo, entablar amistad con esos vecinos tan peculiares y llorar cuando se marchaban del pueblo. Una podía, incluso, mercadear con sus naranjas e intercambiarlas con sus amigos por melocotones o peras –ojo, que encima, servían para ganar más bayas por lo que pagar la hipoteca se convertía en un ejercicio de capitalismo curioso-. Así pasábamos las tardes, intentando también ignorar las riñas de Rese T. Ado cuando por un descuido salíamos del juego sin guardar, mientras arrancábamos las malas hierbas que crecían en nuestro pueblo no jugábamos en unos días. ¡Ah! Hablando de capitalismo: esta niña recuerda, por otro lado, cómo su amigo incluso llegó a pagar bayas a otros para que le quitaran las malas hierbas.

Años más tarde, un poco más mayor pero con el mismo amor y cariño que le profesa a los videojuegos, esta misma niña espera disfrutar de Animal Crossing: New Horizons en una Nintendo Switch amarilla que le recuerda a su Game Boy edición Pikachu. La historia se repite quizá con nuevos amigos pero, en esta ocasión, en una isla desierta muy, muy lejos del ruido del día a día.

Cristina M. Pérez

Un juego que nos conecta

Como humanos que somos, nuestro día a día está lleno de complejidades que debemos enfrentar constantemente. Animal Crossing es un juego de simulación de vida, pero al contrario de lo que sucede en el mundo real, no hay prisas ni obligaciones más allá de las que uno mismo se autoimpone, lo cual hace que uno disfrute y se relaje con este título como muy pocos juegos saben hacer.

Básicamente somos un humano que ha llegado a un pueblo cuyos vecinos son animales antropomórficos, y con los que podemos interactuar en cualquier momento. La variedad de situaciones que se pueden dar con ellos es enorme, y tanto pueden dirigirse a nosotros para pedirnos el favor de buscarle cualquier objeto, como acercarse para contarnos algún chisme, retarnos a un juego, felicitarnos el cumpleaños… Es inevitable que acabemos cogiendo cariño a alguno de ellos y tratemos de evitar a toda costa el día en que trate de irse del pueblo para vivir otras experiencias. Son muchas las especies que podemos encontrar: desde las más típicas como perros y gatos, hasta algunas más exóticas como pulpos, cocodrilos o koalas, y cada uno de esos animales muestra algún tipo de personalidad, tanto puede ser un cascarrabias, un vigoréxico que sólo piensa en hacer deporte, un presumido de campeonato… En cierta medida son un reflejo de nuestra realidad, y eso gusta.

Las tareas que pueden llevarse a cabo en Animal Crossing son numerosas, y a todas se les coge el gustillo rápido. Cazar insectos, pescar, bucear, talar y plantar árboles, decorar nuestra casa, tomarse un café, ir de compras por las tiendas del pueblo… son sólo unos pocos ejemplos de todo lo que el juego ofrece, pero lo mejor es que para cada una de esas actividades hay una colección detrás, y todos sabemos lo mucho que nos gusta coleccionar a los jugadores, por ello siempre estaremos ojo avizor tratando de conseguir un pez, un cuadro o por ejemplo un insecto con el fin de llenar el museo.

Al principio del juego empezamos con una vivienda muy básica, y que poco a poco podemos ampliar hasta llegar a tener una auténtica mansión cono sótano y dos pisos con diferentes habitaciones que podremos decorar gracias a una gran cantidad de muebles que podemos comprar en las tiendas. Estos muebles están agrupados en temáticas y series que no siempre son fáciles de conseguir ya que pueden depender de alguna festividad anual, de algún personaje que visita el pueblo de vez en cuando, o simplemente de nuevas tiendas. Así, por ejemplo, podemos decorar una habitación con una temática navideña, otra con un set espacial imitando la mismísima Enterprise, o podemos montar un parque infantil en el ático: sólo nuestra imaginación marca el límite.

El aspecto que, en mi opinión, más engrandece a Animal Crossing es la posibilidad de contactar con otros jugadores vía internet. Desde la entrega de Nintendo DS, Wild World, que podemos viajar a los pueblos de nuestros amigos y descubrir cómo es, dónde ha puesto su casa, cómo la ha decorado, qué vecinos tiene, qué árboles, dónde están las tiendas y qué cosas hay en ellas que no tengamos nosotros, inspirarnos nuevas ideas… Pero lo mejor es que nuestro personaje puede mostrar un gran número de emociones, lo cual agrega una capa más profunda de comunicación al simple chateo con letras. A medida que fueron saliendo las diferentes versiones de Animal Crossing en consolas con más y mejores capacidades técnicas, este aspecto social se ha ido mejorando más y más, hasta llegar a la entrega de Nintendo 3DS en la que podíamos viajar a una isla, un lugar de reunión donde podíamos conocer personas de otras regiones o países y entablar una relación de amistad. Muy pocos juegos pueden presumir de haber logrado conectar a tanta gente como lo ha hecho Animal Crossing.

Carlos Piñeiro