The Mandalorian and Grogu llega a los cines con una misión bastante más difícil que rescatar a Rotta the Hutt: devolver a Star Wars al terreno cinematográfico después de siete años sin una película nueva de la saga. Jon Favreau firma y dirige una aventura que funciona mejor cuando acepta su naturaleza de western espacial que cuando intenta justificar su salto de Disney+ a la gran pantalla.
La película parece construida alrededor de una idea clara: Din Djarin y Grogu ya no son solo un cazarrecompensas y una criatura vulnerable, sino una pareja de aventuras plenamente formada. Grogu ha dejado de ser únicamente alguien a quien proteger para convertirse en un verdadero compañero de viaje. Esa evolución, más que la trama, es el pilar fundamental de la película.
El gran reclamo sigue siendo Grogu. No solo por el recurso evidente de la ternura, sino por la manera en que la película parece apoyarse en su presencia física, en la marioneta y en esos pequeños gestos que siempre han sido más eficaces que cualquier explicación sobre la Fuerza.
Parece que Favreau ha entendido que no necesitaba convertir la película en una tesis sobre el canon, sino en una aventura de sábado por la tarde, con peleas grandes, criaturas raras, humor y ritmo de superproducción veraniega. Un conjunto divertido, de escala cinematográfica y con una banda sonora de Ludwig Göransson que recupera parte de esa energía pulp de la saga.
La sencillez no es suficiente para la gran pantalla
El problema es que esa misma sencillez es, para otros, su gran límite. Hay cierta sensación de que la película no empuja a Din Djarin hacia ningún lugar especialmente nuevo. Colocando la cinta entre las entregas más débiles de Star Wars en cine, sintiéndose por momentos como un episodio más largo y más grande de la serie (con notablemente más presupuesto en lo visual), interesado antes en criaturas y escenarios que en personajes.
Ahí está la fractura real de The Mandalorian and Grogu: puede ser una aventura sencilla, entretenida, eficaz y agradable para quien quiera volver a ver a estos dos personajes en pantalla grande, pero también puede parecer insuficiente para quien esperaba que el salto al cine tuviera consecuencias dramáticas mayores. La película no intenta reinventar Star Wars. Intenta recordar por qué este dúo funcionó tan bien desde el principio.
El fichaje de Sigourney Weaver y la presencia de Jeremy Allen White como Rotta the Hutt refuerzan esa voluntad de ampliar el tablero, aunque con ciertos peros. Rotta no termina de encontrar el equilibrio entre lo criaturesco, el humor y peso narrativo, aunque sobre todo la primera parte de la película con él recuerda a aquella Star Wars primigenia de marionetas animadas. El reparto confirma, en cualquier caso, que Lucasfilm ha querido vestir la película como acontecimiento y no como simple epílogo televisivo.
La sensación final es la de una película cómoda, irregular y probablemente muy dependiente de la predisposición del espectador. Si se entra buscando una aventura de Star Wars directa, con monstruos, persecuciones y un Grogu capaz de robar cada escena con su carisma en miniatura, parece que hay motivos para salir satisfecho.
Si se espera una revolución para la franquicia, no es la Star Wars que esperas. De hecho, el mismo Favreau ya lo explicó, esta es una oportunidad para traer a nuevas generaciones a ver Star Wars al cine, viniendo de series como 'The Mandalorian' en streaming. Acción constante no le falta a la cinta por lo que quizá sí será capaz de atraer y retener la atención de las generaciones del doom scroll y TikTok; mientras encanta, enternece y entretiene a los más veteranos de Star Wars.















