En el siempre desquiciado mercado inmobiliario de París, un anuncio ha logrado sobresalir incluso en medio de los microestudios y las “chambres de bonne”: un trastero de apenas 2 m² en el barrio de Nation-Picpus que se ofrece por 14.000 euros y que la agencia se atreve a presentar como una “casa” con “potencial increíble”.
El anuncio, publicado a 7.000 euros el metro cuadrado, promete un “espacio de vida acogedor e íntimo” con “encanto auténtico” y una localización “privilegiada” en el corazón de la capital, como si se tratara de una miniatura de lujo y no de un cuarto mínimo con un colchón, unas perchas y una ventana enrejada.
La operación, que podría parecer una sátira del boom de los pisos minúsculos, ha encendido todas las alarmas entre las asociaciones por el derecho a la vivienda. Éric Constantin, de la Fundación Abbé Pierre en Île-de-France, ironizaba en X con que el siguiente paso será “una toma de corriente con vistas a la acera” y denunciaba que la “creatividad inmobiliaria ha superado la decencia”. No es solo una cuestión de gusto o de marketing agresivo: en Francia, la normativa de decencia fija que un alojamiento destinado a residencia principal debe disponer de al menos una pieza principal de 9 m² y 2,20 metros de altura, o, en su defecto, un volumen habitable mínimo de 20 m³, algo incompatible con los 2 m² de este trastero.
Legalidad vs. marketing: el mínimo habitable no es opinable
De ahí que expertos como el abogado Laurent Lamielle, de PAP.fr, cuestionen abiertamente la operación: el reglamento de copropiedad probablemente no califica el lote como vivienda y, en cualquier caso, el espacio carece de agua, calefacción y acceso a baño, tres requisitos básicos para poder hablar de domicilio y no de simple local de almacenamiento. El propio vendedor, contactado por Le Parisien y citado después por la prensa española, ha tenido que matizar que él nunca lo consideró un piso como tal, sino “una habitación que puede servir como lugar de almacenamiento o pequeña oficina”, y ha anunciado que retirará el anuncio para “reelaborar el texto” después de las críticas.
Annonce du jour : un débarras de 2m² transformable en « cocon intimiste »... Le prochain bien « d’exception » sera une prise électrique avec vue sur le trottoir. La créativité immobilière a dépassé la décence ! pic.twitter.com/sTDyNp9xY0
— Eric Constantin (@EriConstantin) November 7, 2025
El episodio, más allá de la anécdota, encaja en una tendencia de fondo: el encogimiento físico del espacio habitable en las grandes capitales y la normalización de estancias que rozan —o directamente vulneran— los mínimos legales. Según datos recopilados en Francia en los últimos años, más de 23.000 hogares viven en “studettes” de menos de 9 m², la mayoría en Île-de-France, y entre 500.000 y 600.000 viviendas se consideran insalubres o impropias para la vida digna. En ese contexto, vender un trastero como “perla rara” con “potencial de vida” ya no se percibe solo como una exageración publicitaria, sino como un síntoma de un mercado donde cualquier superficie con cuatro paredes se intenta revalorizar como oportunidad única.
Cuando el eufemismo vende lo invendible
Las palabras del anuncio (“encanto auténtico”, “ambiente fuera de lo común”, “propiedad excepcional”) son casi un catálogo de eufemismos para maquillar lo evidente: se trata de un espacio que, como mucho, podría funcionar como trastero, microdespacho o vestidor, pero que jamás debería confundirse con un hogar. La propia legislación francesa admite usos distintos de la vivienda —almacenes, despachos, habitaciones anexas— que no están sujetos a los mismos criterios de decencia, siempre que se presenten como lo que son. El problema aparece cuando el lenguaje publicitario borra esa frontera y sugiere que un ser humano puede “vivir” en 2 m², desplazando el debate desde el derecho a la vivienda hasta el terreno de la imaginación inmobiliaria sin límites.
En el fondo, la polémica revela la tensión entre dos relatos: el de los agentes que venden “ubicación privilegiada” y “creatividad sin límites” frente al de quienes recuerdan que el derecho a la vivienda no debería traducirse en aceptar cualquier cosa con tal de tener llave propia.















