La ciudad de París lleva medio siglo conviviendo con un edificio que muchos de sus vecinos nunca han terminado de perdonarle. La Torre Montparnasse, inaugurada en 1973 con 210 metros de altura, sigue siendo una anomalía en un centro histórico dominado por bloques mucho más bajos. Su impacto fue tan impopular que, pocos años después, la ciudad endureció los límites de altura y empujó los grandes rascacielos hacia zonas como La Défense.
Lo llamativo es que la solución elegida ahora no pasa por derribarla, sino por intentar “borrarla” visualmente. El proyecto ganador, impulsado por el consorcio Nouvelle AOM, plantea sustituir su fachada oscura por una envolvente mucho más ligera y transparente, con líneas horizontales, vegetación y nuevos usos que suavicen su presencia en el skyline parisino. La idea no es hacer desaparecer el volumen, sino quitarle el efecto de bloque opaco que la convirtió en símbolo del rechazo urbano.
Por qué no se demuele
La razón de que no se opte por la demolición es bastante menos romántica y mucho más terrenal: dinero, complejidad y emisiones. La torre sigue siendo una pieza enorme, insertada en un entorno comercial e infraestructural muy denso, y desmontarla implicaría un coste descomunal además de una operación técnica muy agresiva para el barrio. Por eso la reforma se presenta también como una solución de reutilización estructural, más fácil de justificar en términos económicos y climáticos.
La factura, en cualquier caso, sigue siendo gigantesca. Las estimaciones más recientes sitúan la transformación por encima de los 600 millones de euros, y algunas coberturas la acercan ya a la franja de los 700 millones si se cuenta el conjunto de la operación urbana en Montparnasse. El observatorio cerrará a finales de marzo de 2026 y la torre tendrá que vaciarse por completo antes de una intervención que se prolongará varios años.
Más que un lavado de cara
La reforma tampoco se limita al edificio. Le Monde explicó en enero que París quiere rehacer buena parte del complejo de Montparnasse con más árboles, mejores recorridos peatonales, nuevos equipamientos y una relación menos hostil entre la torre y la calle. Ahí está una de las claves del plan: no se trata solo de maquillar el rascacielos más odiado de la ciudad, sino de corregir una operación urbana de los años setenta que envejeció muy mal.
En el fondo, el caso Montparnasse resume una tensión muy parisina entre conservación y modernidad. La ciudad no va a demoler su error más visible, pero sí está dispuesta a gastar una fortuna para domesticarlo.















