A 15 kilómetros de Nagasaki en Japón, Hashima parece hoy una ruina salida de una distopía: bloques de hormigón vacíos, un perfil compacto y un muro perimetral que la hace parecer un buque de guerra. De ahí su apodo, Gunkanjima, la “isla acorazado”. Pero su razón de existir fue mucho más concreta: Mitsubishi la compró en 1890 para explotar el carbón que se encontraba bajo el lecho marino y convertir ese islote en una pieza de la industrialización japonesa.
La operación era tan ambiciosa como dura. Las minas submarinas funcionaban desde finales del siglo XIX y, bajo control de Mitsubishi, llegaron a extraer alrededor de 15,7 millones de toneladas de carbón entre 1891 y 1974. Los túneles descendían hasta aproximadamente un kilómetro de profundidad, con calor y humedad extremos. Para evitar traslados diarios desde tierra firme, la empresa optó por levantar una ciudad entera sobre la isla.
Una ciudad vertical en mitad del mar
Como Hashima apenas podía crecer hacia los lados, lo hizo hacia arriba. En 1916 se levantó allí uno de los primeros grandes edificios de hormigón armado de Japón, una solución pensada para resistir los tifones. Después llegaron más bloques, escuela, hospital, tiendas, baños públicos y espacios de ocio. En su momento de máximo auge, en 1959, la isla alcanzó 5.259 habitantes, una densidad extraordinaria para un territorio tan pequeño.
Esa imagen de prodigio industrial tiene, sin embargo, una cara mucho más incómoda. Durante la expansión imperial japonesa y la Segunda Guerra Mundial, Hashima fue también un lugar de trabajo forzado para coreanos y chinos movilizados hacia las minas. La discusión no está cerrada porque la memoria del lugar sigue siendo objeto de disputa política e histórica, pero la existencia de esa explotación forma parte del núcleo de la controversia internacional que arrastra la isla desde hace años.
Una ruina marcada por el coste humano
El declive llegó cuando Japón cambió de combustible. A medida que el petróleo desplazó al carbón, la mina perdió sentido económico y cerró oficialmente en enero de 1974. Los residentes abandonaron la isla ese mismo abril, y en muy poco tiempo una ciudad comprimida, pensada para miles de personas, quedó vacía. Durante décadas, Hashima permaneció cerrada y fue deteriorándose entre tifones, salitre y derrumbes.
Hoy puede visitarse en recorridos limitados desde Nagasaki, pero sigue siendo un lugar cargado de cicatrices. Su inclusión en la lista de Patrimonio Mundial de la UNESCO en 2015 vino acompañada de un compromiso de Japón para explicar también la historia de quienes fueron forzados a trabajar allí. En 2021, el comité de la UNESCO lamentó que esa parte siguiera insuficientemente representada. Por eso Hashima no es solo una isla fantasma espectacular: también es un campo de batalla sobre cómo se cuenta el precio humano del progreso industrial.















