China y Estados Unidos vuelven a tantear una zona donde sus intereses pueden coincidir: la energía. Después de meses de tensión comercial, aranceles y desconfianza tecnológica, Pekín ha abierto la puerta a recomponer parte de las compras de petróleo y gas estadounidense, un mercado que en 2024 alcanzó los 8.400 millones de dólares antes de quedar bajo presión por la nueva guerra arancelaria.
La cifra no es menor. Para Estados Unidos, vender más gas natural licuado y crudo a China significa colocar producción propia en uno de los mayores consumidores energéticos del planeta. Para Pekín, diversificar proveedores reduce la exposición a rutas marítimas tensas, a sanciones cruzadas y a la volatilidad que puede provocar cualquier crisis en Oriente Próximo o en el estrecho de Ormuz.
La energía vuelve a abrir una vía entre Washington y Pekín
El giro llega en un momento delicado. La relación entre Donald Trump y Xi Jinping ha estado marcada por Taiwán, los semiconductores, las materias primas críticas y los desequilibrios comerciales. Sin embargo, ambos países también comparten un interés evidente: evitar que una crisis energética mundial dispare la inflación y golpee a sus industrias.
China juega con varias cartas. Por un lado, estrecha la cooperación energética con Rusia, incluida la negociación del gasoducto Poder de Siberia 2, pensado para llevar hasta 50.000 millones de metros cúbicos de gas al año desde Yamal hasta China a través de Mongolia. Por otro, mantiene abierta la posibilidad de comprar energía estadounidense si el contexto político lo permite.
Un pacto más pragmático que amistoso
Estados Unidos también tiene incentivos para pactar. La exportación de gas natural licuado se ha convertido en una herramienta económica y diplomática, sobre todo desde que Europa redujo su dependencia energética de Rusia. Vender a China no resuelve por sí solo la rivalidad entre las dos potencias, pero puede crear un canal de negociación en medio de una relación cada vez más fría.















