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Australia libera millones de polillas para eliminar una plaga de gusanos y desata un problema mayor que amenaza los ecosisremas

La literatura científica la usa como caso de estudio para hablar de efectos no deseados (directos e indirectos) y de por qué el control biológico necesita evaluación de riesgos y vigilancia a largo plazo.
Australia libera millones de polillas para eliminar una plaga de gusanos y desata un problema mayor que amenaza los ecosisremas
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Actualizado: 11:00 25/1/2026
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Hubo un momento en que Australia miró su interior y vio algo peor que una mala cosecha: un paisaje clausurado por un cactus invasor. El nopal (prickly pear, Opuntia) había colonizado unos 60 millones de acres —24,3 millones de hectáreas— en Queensland y Nueva Gales del Sur, con zonas tan densas que la tierra dejaba de valer para producir. No era solo una planta; era una frontera biológica que convertía caminos y pastos en un laberinto de espinas.

Lo más incómodo es el origen: el cactus entró como “planta útil” en tiempos coloniales y tardó décadas en enseñar su cara. Cuando lo hizo, ya era tarde para soluciones limpias. Se le declaró mala hierba y se intentó todo lo imaginable: quemas, arrancado, maquinaria que trituraba… y, después, cócteles químicos agresivos. El problema era mecánico y ecológico a la vez: cada fragmento podía rebrotar, y el control costaba más que la propia tierra recuperada.

La apuesta por el control biológico

La decisión que parecía de ciencia ficción fue, en realidad, administración científica: en 1920 se creó el Commonwealth Prickly-Pear Board para probar una vía distinta, el control biológico clásico. La lógica era simple y peligrosa: si Opuntia triunfaba fuera de su hogar, quizá era porque viajaba sin sus enemigos. El candidato terminó siendo una polilla sudamericana, Cactoblastis cactorum: sus larvas perforan las palas del cactus y lo vacían desde dentro, un ataque quirúrgico contra el tejido que sostiene la planta.

El “milagro” tuvo mucho de cadena de montaje. Antes de soltar nada, se hicieron pruebas para cuidar la especificidad del insecto, y luego se crió a escala industrial. El centro de Chinchilla llegó a distribuir hasta 14 millones de huevos al día, y la primera liberación en campo se fechó en 1926. La consecuencia fue brutalmente rápida para los estándares ecológicos: en 1933 se estimaba que se había despejado el 80% de las áreas infestadas en Queensland y el 50–60% en Nueva Gales del Sur.

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Del éxito a la advertencia

El impacto social fue tan grande que acabó convertido en arquitectura. En Boonarga se levantó en 1936 el Cactoblastis Memorial Hall, un edificio que funciona como recordatorio material de una crisis agrícola resuelta por un insecto. Hoy está protegido en el Queensland Heritage Register y se describe como un caso raro: un espacio comunitario que también es monumento a un episodio de ciencia aplicada con consecuencias económicas reales.

Pero esta historia también explica por qué la biología no admite copias mecánicas. La misma Cactoblastis se introdujo en Nevis en 1957 para controlar Opuntia y, décadas después, se registró en Florida en 1989, disparando la alarma por su posible impacto sobre especies nativas y cultivos de tuna en Norteamérica.

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