Análisis Morsels: Una nueva vuelta de tuerca al concepto de The Binding of Isaac tan divertida como frustrante (PC, PS5, Xbox Series X, Switch)
Morsels es una de esas propuestas que van directamente al manido saco de "lo amas o lo odias". Su estética ochentera mezcla el clásico estilo del ya difunto VHS con una banda sonora muy de la época que destaca por ser tan pegadiza como auténtica. Sin embargo, es en su mecánica donde encontramos el mayor atractivo de esta curiosa propuesta que llega de manos de Furcula y que distribuye la siempre interesante Annapurna Interactive. En ella se mezcla el rabioso y lúgubre espíritu de The Binding of Isaac con algunos toques que le aportan una personalidad propia. Curiosamente, no por ello deja de ser un perfecto ejemplo de género que, a pesar de las apariencias, no logra destacar entre la cada vez mayor cantidad de ofertas estilo roguelike a la que tenemos acceso en la actualidad.
Todo comienza con un ratón cayendo hacia las entrañas de una sucia cañería. En el fondo le aguarda un nuevo mundo repleto de misteriosas formas mugrientas cuyo olor tiene la habilidad de traspasar la pantalla. Sentimos la nauseabunda fragancia de los objetos que allí reposan, a la espera de que algo o alguien los libere de su ostracismo.
También es fácil imaginar cómo se siente el pequeño roedor que protagoniza esta historia al recibir el abrazo de un montón de excrementos apilados cerca de un drenaje que hace años dejó de funcionar. Todo lo que vemos está rodeado por un aura oscura, de colores tristes, fríos y muertos.
Una oscura historia de asco y miseria
Al comenzar la primera partida, Morsels ofrece un breve contexto en el que se menciona como, tiempo ha, la oscuridad lo consumió todo y se repartió en cartas ahora controladas por unos seres amorfos a los que se denomina Barones. Aunque su poder es prácticamente incontestable, existe todavía un pequeño halo de esperanza dentro de este túnel de desesperación: la presencia de la Carta Divina, rota en pequeños pedazos que ahora yacen diseminados por este oscuro mundo esperando a ser rescatados. Nuestro pequeño roedor tiene la peculiar habilidad de poder detectarlas y de emplear su poder para transformarse en criaturas de formas estrambóticas y de emplear fascinantes habilidades con las que abrirse paso entre los vástagos de los reyes de la basura.
Lo primero que llama la atención es el uso de una estética ochentera que emplea los cada vez más comunes filtros visuales que recuerdan a la época de los VHS. Hay hasta seis tipos que nos permiten configurar la nitidez de la pantalla, empezando por el original, pasando por el exagerado puntillismo ratonil y terminando en la ausencia total de este efecto si así lo deseamos. La idea es crear una atmósfera opresiva que nunca termina de tomarse muy en serio a sí misma, algo a lo que contribuye la magnífica banda sonora que nos acompaña desde los primeros compases.
Morsels no escatima en imaginación a la hora de presentar todo tipo de fascinantes elementos visuales y sonoros con los que se llegan a tocar peligrosos extremos de viscosidad. Y decimos peligrosos porque, si no somos amantes de esta estética, no encontraremos en esta experiencia nada por lo que valga la pena asomarse a ella. Lógicamente se trata de un concepto que podemos aplicar desde el sentido contrario, ya que el juego nunca se queda corto a la hora de mostrar todo tipo de elementos con los que celebrar lo hermoso de la decadencia.
¿Un roguelike más? No exactamente
Una vez superado el impacto de su parte audiovisual, lo que queda es un juego que emplea de forma tradicional la mecánica a la que los roguelike nos tienen acostumbrados: superamos fases que se generan de forma procedimental, subdivididas en varios niveles, en las que obtenemos nuevas habilidades y mejoras al alcanzar ciertos puntos. La vista cenital permite afinar un control muy sencillo en el que disparamos en cuatro direcciones a través de cuatro teclas o botones distintos. Los movimientos son rápidos y la acción frenética. Los mapas siguen un estilo laberíntico en el que se nos guía con flechas a ras de suelo para acceder al siguiente nivel a través de una escalera, pero como cabe imaginar, ceñirnos a ellas nos priva de desbloquear ciertos secretos que nos vendrán de lujo a la postre, cuando toque hacer frente a alguno de los Barones que nos aguarda al final de cada fase.
El intríngulis de este sistema se encuentra en los pequeños trozos de carta que encontramos a medida que avanzamos. Denominados "cachitos", cada uno otorga a nuestro pequeño y asustadizo roedor una serie de habilidades específicas que van desde ataques lentos cuerpo a cuerpo a rayos láser a distancia. Cada cachito representa a su vez una figura con unas características estéticas muy originales que encajan como anillo al dedo con los lúgubres escenarios que visitamos. Como aquí predomina siempre la misma estética, son todos muy parecidos entre ellos, por lo que es habitual perder el sentido de la orientación.
Si a esto le sumamos la ausencia de cualquier cosa que se parezca a un mapa, los momentos de exploración pueden a llegar a ser algo frustrantes, a pesar de que hay secretos que nos ayudan mucho a la hora de potenciar distintos aspectos de nuestro roedor, ya sea la velocidad de sus movimientos, la potencia y frecuencia de los críticos o la resistencia ante ciertos ataques enemigos.
Los cachitos, esos carismáticos seres
Lo más divertido de la mecánica es poder cambiar sobre la marcha entre tres tipos de cachitos. Esto nos permite decidir al vuelo si preferimos un estilo más cercano de combate o uno más alejado, que en nuestra experiencia ha sido el más efectivo para evitar recibir daño. Pese a que existen tres modos de dificultad (dos accesibles desde el comienzo y uno extra, por si la experiencia nos ha sabido a poco), incluso en la más asequible morderemos el polvo con una frecuencia bastante elevada. Esto se debe en gran parte a la presencia de un medidor que limita la cantidad de ataques que podemos realizar antes de que este se vacíe, obligándonos a esperar unos segundos para que se recargue.
Este medidor choca con el concepto que ofrece el propio juego, basado en ir a toda pastilla por los escenarios, disparando a mansalva para superar cuanto antes los primeros niveles. Tras cada intento obtenemos puntos de experiencia con los que poco a poco vamos estableciendo nuevas formas de abordar la partida, pero nunca llegan a ser tan variadas o significativas como para cambiar la premisa de la mecánica, lo que nos lleva una vez más a no entender el porqué de la presencia de este medidor. Los propios cachitos pueden experimentar algo parecido a un aumento de nivel si los empleamos durante el tiempo suficiente, pero hacerlo nos llevará a su muerte, en un concepto claramente dispuesto para evitar que abusemos de una sola carta.
Además de lo hasta aquí expuesto, encontramos algunas sorpresas en los niveles a modo de tablero de recompensas lanzando el correspondiente dado, así como amigos de la basura a los que podremos convencer para que nos curen o nos otorguen alguna habilidad antes de pasar al siguiente nivel.
El colofón son los jefes finales, esos Barones de los que hablábamos al principio. Estos nos obligan a buscar distintas vías para derrotarlos sin recibir demasiado daño. Al final de la partida, además de obtener experiencia, podremos visitar un pequeño remanso de paz en el que accedemos, entre otros, a una enciclopedia para echar un vistazo a los cachitos que hemos descubierto y a sus características, así como a los logros que hemos obtenido o los que están aún por completar. En general, todo sigue el patrón habitual de un roguelike de manual, tanto para lo bueno como para lo malo. En unas tres o cuatro horas podemos terminar el recorrido y cerrar la historia. Todo lo demás, y ante la ausencia de una mayor variedad de opciones, es pasto para coleccionistas.
Conclusiones
Vivimos en la época de los roguelike, qué duda cabe. Hay tantas ofertas como distintos estilos y enfoques que nos permiten elegir el que más se ajuste a nuestros gustos. Morsels viene a engrosar dicha oferta con una propuesta entretenida y poco arriesgada que no ofrece nada que no hayamos visto ya en muchas otras ocasiones. Lo hace con un elegante estilo ochentero y empleando su propio imaginario, en el que sin duda es su mayor virtud, pero basándose en una mecánica muy sencilla que podría haber dado algo más de sí. Luego está ese medidor que no termina de encajar con la propuesta de juego y una duración muy modesta que nos permitirá cerrar este capítulo y pasar a otra cosa sin que la experiencia deje ningún tipo de huella. Sin embargo, no por ello deja de ser una buena apuesta para los enamorados de un género que parece no tener límites.
Hemos analizado este juego en PC (Steam) gracias a un código de descarga proporcionado por Popagenda.