En Camerún, el bambú no surgió como moda ni como un proyecto aislado, como sí ha ocurrido en otros países de Occidente. Se trata de una respuesta práctica a décadas de degradación y mal uso del terreno. Esto desencadenó en suelos empobrecidos, erosión, sequías en el norte y lluvias torrenciales en el sur habían reducido las cosechas a niveles que apenas sustentaban alimentos, ingresos y cuotas escolares.
Como explican los creadores de esta iniciativa, plantar bambú no era "sembrar y esperar": requirió selección de áreas, especies adaptadas, espaciado, técnicas de cosecha y rutas claras para transformar las plantas en productos comerciales.
África transforma su suelo rural: el bambú emerge como cultivo revolucionario que llena de vida cientos de hectáreas
El proyecto piloto arrancó en 2020, con el apoyo de la UICN y cooperativas locales, abarcando más de 200 hectáreas. Cinco especies distintas se adaptaron a sequías prolongadas en el norte y lluvias intensas en el sur. Cada plántula fue producida localmente, sembrada según un patrón técnico preciso y seguida con mapas y estacas; la meta era la escala y la replicabilidad. La capacitación fue clave, desde un principio, más de 300 técnicos locales completaron el ciclo completo, muchas mujeres sin experiencia previa en gestión de tierras.
El bambú crece rápido y estructura el suelo, mejorándolo, y dotándolo de una especie de forma orgánica. Sus raíces actúan como malla viviente, reducen la erosión y devuelven materia orgánica a la tierra, restaurando la fertilidad. Los productos derivados, como té de bambú y aceite de neem, se procesan localmente y se comercializan, generando ingresos de 150 a 1.200 dólares por hectárea anual. Las cooperativas reinvierten el 40% de las ganancias para garantizar continuidad y estabilidad.
La experiencia camerunesa demuestra que la restauración productiva, en base a nuevos cultivos que se salgan de la norma, no es una simple utopía. Es un hecho que combina capacitación técnica, gobernanza cooperativa y mercados claros. Cuando la tierra se recupera y los ingresos se estabilizan, la restauración deja de ser un proyecto ambiental abstracto, muy habituales en nuestros días, y se convierte en una decisión económica racional para quienes viven del campo.