Hay historias virales que parecen inventadas para internet, y luego está la de la carretera que alguien levantó sin permiso en el entorno del lago Biwa, el mayor lago de Japón, y que todavía hoy sigue sin una explicación convincente. La obra apareció en la ciudad de Takashima, en la prefectura de Shiga, junto a la desembocadura del río Ado: un paso de unos 70 metros de largo y 3 de ancho que unía dos lenguas de tierra en una zona pantanosa donde, sobre el papel, no hacía falta construir nada. El lugar no es menor: Biwa ocupa unos 670 kilómetros cuadrados y es el gran lago interior del país, una referencia paisajística e histórica en la región de Kansai.
Lo más desconcertante es que las autoridades no descubrieron la carretera durante una inspección rutinaria, sino tras recibir un aviso anónimo en marzo de 2024. Cuando el departamento de ingeniería civil acudió a la zona comprobó que aquello no era una simple acumulación de tierra arrastrada por el agua, sino una estructura hecha a conciencia con suelo compactado y señales de uso. Había marcas de neumáticos, lo que sugería que alguien la estaba utilizando como atajo, aunque el ahorro real apenas rondaba unos pocos minutos en coche.
A partir de ahí, el caso se volvió todavía más extraño. Medios locales que visitaron el lugar encontraron no solo tierra prensada, sino también restos de asfalto, hierro y cemento, lo que apuntaba a una intervención más elaborada de lo que parecía a simple vista. No era el gesto improvisado de alguien echando escombros sin más, sino una actuación lo bastante trabajada como para requerir tiempo, materiales y cierta planificación. Y, aun así, nadie dijo haber visto nada sospechoso en una zona relativamente apartada.
La cronología también añadió una capa de misterio. Las autoridades revisaron imágenes satelitales y comprobaron que la carretera no estaba allí en 2021, pero sí aparecía en registros posteriores, así que su construcción tuvo que producirse entre 2021 y 2024. En imágenes más recientes se apreciaba además un deterioro parcial del paso, lo que abrió otra hipótesis llamativa: que la misma persona que lo construyó hubiera empezado después a desmontarlo en secreto, quizá al ver que el caso estaba llamando la atención. Esa secuencia, más propia de una novela rara que de una infracción administrativa, es una de las razones por las que la historia sigue fascinando.
Hubo incluso una semiconfesión, pero tampoco resolvió nada. Tres días después de que el asunto saltara a la prensa, el departamento de ingeniería recibió otro mensaje anónimo en el que alguien admitía haber hecho la obra y reconocía que sabía que necesitaba permiso. La respuesta oficial fue clara: debía restaurar el terreno a su estado original, porque la intervención vulneraba la legislación fluvial japonesa. El caso terminó en manos de la policía, pero la identidad del autor no trascendió públicamente, y eso explica que casi dos años después siga hablándose de una “carretera a ninguna parte” cuyo responsable continúa siendo, de cara al público, un desconocido.
