En una industria obsesionada con las etiquetas, pocos intérpretes han logrado construir una carrera tan imprevisible como la de Kevin Bacon. A lo largo de más de cuarenta años ha transitado con naturalidad entre el cine comercial, los grandes dramas, el thriller, el terror y la televisión, convirtiéndose en uno de esos rostros capaces de adaptarse a cualquier historia.
Esa versatilidad terminó generando un fenómeno cultural inesperado: el célebre juego de los Seis grados de Kevin Bacon, que popularizó la idea de que prácticamente cualquier actor de Hollywood podía conectarse con él a través de un reducido número de colaboraciones. Lo que para el público era una curiosidad divertida, para Bacon fue durante mucho tiempo una carga que no supo cómo gestionar.
Kevin Bacon desvela por qué llegó a odiar el fenómeno que acabó convirtiéndolo en una leyenda de Hollywood
El intérprete reconoció en el pódcast Podcrushed que aquella inesperada fama le produjo un profundo rechazo porque sentía que desvirtuaba la imagen profesional que siempre había querido construir. "Era lo último que quería. Me había mudado porque quería ser como Dustin Hoffman o Meryl Streep, quería trabajar con Scorsese... estaba tan metido en lo que era mi idea de un actor serio que, cuando me hicieron esto, lo rechacé por completo, intenté de algún modo el autosabotaje, de mí mismo y mi popularidad. Me sentía muy, muy incómodo", confesó.
Con el paso de los años, sin embargo, su percepción cambió por completo. Lejos de seguir viendo aquel fenómeno como una broma a su costa, decidió aprovechar la enorme visibilidad que le había proporcionado para impulsar una iniciativa solidaria. Bacon acabó creando una organización sin ánimo de lucro destinada a poner en contacto a personas con recursos y proyectos capaces de generar un impacto positivo en sus comunidades. "Ahora estoy muy feliz y me siento muy bien con la idea de los seis grados", aseguró, demostrando que terminó haciendo suyo aquello que durante tanto tiempo había intentado evitar.
Esa forma de entender el éxito tiene mucho que ver con el ambiente en el que creció. Kevin Bacon nació en Filadelfia en 1958 dentro de una familia donde el arte y el pensamiento ocupaban un lugar central. Desde pequeño aprendió que el valor de la creatividad estaba muy por encima del dinero o del reconocimiento público.
"Cualquier tipo de creatividad era puesta en un pedestal", recordó al describir una infancia en la que lo importante era asistir a clases de baile, fabricar un disfraz, dibujar, construir algo con las manos, escribir una canción o subirse a un escenario, mucho antes que perseguir la fama.
La influencia de sus padres fue decisiva. Su madre, además de transmitirle esa sensibilidad artística, dedicó gran parte de su vida al compromiso social. "Mi madre era una socialité de Nueva York y le dio la espalda a todo para dedicarse a los niños pobres", explicó el actor. "Estuvo muy involucrada con los derechos civiles y con el fin de la guerra de Vietnam, así que crecí en ese punto de vista de activista", añadió.
Aunque nada hacía pensar que terminaría convirtiéndose en una de las figuras más reconocibles de Hollywood, Bacon encontró en la interpretación un espacio donde podía expresarse con libertad. Las clases de teatro durante la adolescencia le permitieron dejar atrás la necesidad de aparentar dureza y conectar con sus emociones, una experiencia que él mismo ha definido como casi terapéutica.
Con el respaldo constante de sus padres, decidió apostar por una profesión incierta que acabaría llevándolo a protagonizar títulos tan emblemáticos como Footloose, Apolo 13 o Mystic River y, de paso, a convertirse en el actor que terminó uniendo, casi sin querer, a todo Hollywood.















