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EE.UU. tiene un nuevo aliado para superar la crisis por falta de agua, los castores: 'Afecta al 99% de los principales ríos'

Sus presas pueden inundar caminos, afectar cultivos o chocar con infraestructuras y expectativas humanas sobre “cómo debe comportarse” un río.
EE.UU. tiene un nuevo aliado para superar la crisis por falta de agua, los castores: 'Afecta al 99% de los principales ríos'
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Actualizado: 16:31 24/1/2026
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En algunos tramos casi agotados del este de Utah, Estados Unidos, la “obra pública” está volviendo a tener dientes y cola: equipos de conservación han optado por reubicar castores en ríos degradados para que hagan lo que llevan milenios haciendo bien: levantar pequeñas presas, frenar el agua, abrir charcas y convertir un cauce rápido y estrecho en una franja húmeda que vuelve a parecerse a un ecosistema. La apuesta suena extravagante en un paisaje semidesértico, pero encaja con una idea muy seria: cuando el agua permanece más tiempo en el valle, la vida regresa… y el fuego lo tiene más difícil.

La gracia (y la tragedia) es que muchos ríos “secaros” no se secan solo por falta de lluvia: se secan porque se vuelven eficientes, como una autopista. Cuando el cauce está encajado y desconectado de su llanura de inundación, el agua corre, no infiltra, no recarga el suelo y no sostiene vegetación ribereña. A eso se suman los impactos del uso humano del agua en todo el Oeste de EE. UU., donde el descenso de grandes sistemas lacustres y fluviales se vincula a consumos y desvíos acumulados durante décadas.

Presa a presa: agua, verde y fuego

Ahí es donde el castor funciona como “ingeniería de baja tecnología”: cada presa reduce la velocidad, obliga al agua a expandirse lateralmente, retiene sedimentos y eleva el nivel freático aguas arriba. Con el tiempo aparecen humedales, praderas encharcadas y márgenes más verdes, que además amortiguan los picos de caudal y sostienen hábitats para aves, peces y anfibios. No es magia: es hidrología aplicada con ramas, barro y persistencia.

El vínculo con los incendios forestales ya no es solo una intuición bonita. Un trabajo muy citado de teledetección, apodado “Smokey the Beaver”, analizó corredores ribereños con actividad de castores en el oeste estadounidense y halló que esas franjas se mantenían más verdes durante los incendios, actuando como refugios húmedos en medio del terreno quemado y reduciendo severidad en comparación con tramos sin presas. Es exactamente el tipo de “cortafuegos biológico” que se busca cuando el fuego se vuelve más frecuente e intenso.

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Restauración con límites y futuro climático

Nada de esto significa que los castores sean un remedio universal. Sus presas pueden inundar caminos, afectar cultivos o chocar con infraestructuras y expectativas humanas sobre “cómo debe comportarse” un río. Por eso los proyectos serios combinan reubicación, seguimiento y, a veces, estructuras previas que guían la colonización (y limitan conflictos), además de planes de manejo adaptativo cuando una presa cae o cuando un tramo no ofrece madera suficiente. La clave es la convivencia operativa: dejar trabajar al animal sin convertirlo en un problema nuevo.

Lo interesante del experimento de Utah no es solo que aparezcan charcas donde antes había polvo, sino lo que sugiere para un futuro de sequías y megaincendios: quizá parte de la adaptación climática pase por recuperar procesos ecológicos, no solo por construir más hormigón. Los castores no sustituyen una política de agua sensata ni revierten por sí solos décadas de extracción y canalización, pero sí ofrecen algo raro en restauración: infraestructura viva que se repara sola, trabaja 24/7 y convierte pequeños cambios locales en resiliencia medible.

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